Con la derrota de Trump, se repone la democracia
Cuando se publicó el libro Cómo mueren las democracias, escrito en coautoría por Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, corrió un cierto desaliento en el mundo, entre otras razones porque liderazgos como el de Donald Trump se estaban replicando y fortaleciendo en el planeta (Erdogan, Milei, Fujimori, Meloni, Netanyahu, Kast, Bukele, Espriella). Ese desánimo se acrecentó cuando fue electo en una segunda ocasión.
Ahora podemos decir que un optimismo renace, y en palabras de estos autores, politólogos estadounidenses, es válido concluir con ellos lo que nos dijeron en su libro: “Ningún dirigente político por sí solo puede poner fin a la democracia, y tampoco ningún líder político puede rescatarla sin la ciudadanía. La democracia es un asunto compartido. Su destino depende de todos nosotros”.
Quizás esa sea la lección que nos dejan los comicios celebrados el día de ayer en el vecino país, y auguren el fin de una época oscura y amenazante para el propio pueblo norteamericano, y también para el resto del orbe, aunque Trump recurra al manido argumento de que si él hubiera sido el candidato, el resultado hubiera sido otro. Siempre la misma mentira.
En lo comparable, hay un respiro por la derrota de Bolsonaro en Brasil, y ahora el alto que se le pone a Donald Trump, quien iniciará, a partir de enero próximo, un gobierno dividido de mayoría demócrata en el Congreso y, aun más, para decirlo tajantemente, sin el control de las dos cámaras que lo componen.
Empero, le restan dos años de gobierno y su poderío en sí mismo es mayúsculo y puede augurar nuevas y más profundas crisis.Ya empezó con la amenaza de vetar decisiones de la representación congresional que le sean adversas a sus propósitos, pero en el plano institucional poco logrará en tan corto tiempo, máxime que en los Estados Unidos la sucesión por la Presidencia acaba de empezar y el Partido Republicano, absolutamente desvirtuado por Trump, ya no estará llamado a la obsequiosidad y entreguismo que lo ha caracterizado en los últimos tiempos. Trump tendrá, además, que capotear una lucha anticorrupción en la que la plutocracia y su fortuna propia quedarán atrapadas.
El resultado es elocuente: hasta este momento los demócratas se alzan con la victoria en el Senado con 54 escaños contra 44 de los republicanos; en la Cámara Baja llevan 258 frente a los 177 curules de los republicanos; y en cuanto a gubernaturas, han obtenido 22 de las 36 en disputa, y sumadas a las que ya tenían en el país, gobernarán ahora en 28 de esas entidades. Al momento de redactar estas notas, faltan algunos resultados, pero la victoria demócrata resulta inalterable y contundente.
Llama la atención que geopolíticamente toda la frontera estadounidense con México pasará a gobiernos demócratas, incluido el histórico bastión republicano que representaba Texas, donde el archiconservador Greg Abott, aliado de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, tendrá que salir por la puerta de atrás. Pero no sólo eso. Habrá gobernadores de origen mexicano (California y Texas) y una de origen nativo (Nuevo México).
Todo esto tendrá relevancia si se acrecientan las conexiones económicas y culturales que están cobrando mucha importancia en la relación bilateral.
Una parte del intento de destrucción de la democracia norteamericana radica en el que la Presidencia pretende gobernar con órdenes ejecutivas, valiéndose de decretos que no se tramitan ante el Congreso. Pero eso tendrá grandes limitaciones a partir de que se instale la nueva mayoría que triunfó ayer, y no por su número exclusivamente, sino porque detrás hay un gran conglomerado social que empujaría por un viraje.
A este respecto es importante hacer mención de una encuesta que explica el resultado electoral por la inconformidad de la gente en el aspecto económico del país y el encarecimiento de la vida, pero seguida muy de cerca por el indicador de que los ciudadanos percibieron que corría peligro su democracia. El tema migratorio, las redadas violentas del ICE y otros cuerpos seguridad, también jugaron un papel primordial.
Debemos tener un optimismo crítico y no olvidar que en Estados Unidos los intereses mandan por encima de todo, y más en política exterior. Ese país, hasta ahora, ha pasado por grandes crisis y ha sabido salir adelante. Lo hizo en la Guerra de Secesión, libró el gran crack del 29, y salió con una hegemonía mundial después de la Segunda Guerra Mundial. En la competencia bipolar de la Guerra Fría, el derrumbe de la Cortina de Hierra habla más que claro. Pero ya esa fortaleza no ha sido tan grande para encarar una crisis de grandes dimensiones como la de 2008 y el surgimiento incontenible de la poderosa economía china.
Trump tendrá en la política internacional su principal herramienta, si nos atenemos a sus enormes facultades en esta materia. Y México quedará en la mira como un país que puede llegar a sufrir consecuencias de consideración en los meses que vienen, para lo cual es importante subrayar que el gobierno de nuestra república ha de diseñar una política exterior sin los lastres y deficiencias que hasta ahora hemos observados y que ponen en riesgo los intereses nacionales.
Ni la cancillería ni la Secretaría de Economía, hasta ahora, han dado el ancho. Y un reto de estas dimensiones no se logra con la simplista retórica de la defensa de una soberanía etérea.
De todas maneras, celebramos el triunfo del pueblo norteamericano.


