Corral-Pérez Cuéllar, compadres en el cinismo
En México la amistad y el compadrazgo entre políticos forma parte de una ideología. Aquí en Chihuahua hay ejemplos que registra la historia, y hoy me voy a referir a uno que tiene consecuencias nefastas y que se puede convertir en tragedia local.
Es un hecho reconocido que Javier Corral ha sido uno de los peores gobernadores del estado. Eso se escucha en cualquier rincón de nuestra vasta geografía. Pero ha empezado a cobrar relevancia que para escoger compadres, su habilidad es peor y supera a su capacidad de gobernar.
Hoy dos de sus compadres tienen notoriedad: Cruz Pérez Cuéllar, que es su compañero de partido, y con el cual trabó católico compadrazgo, ya añejo, con todas las obligaciones que el derecho canónico impone a la feligresía. El otro, Eduardo Almeida, altanero y prepotente, que algún día financió a Corral, quien simple y llanamente se hizo ojo de hormiga para no pagar.
El asunto Almeida no pasará de una causa penal en la que probablemente el dinero derrote a la justicia. El otro es más grave, porque el compadre Cruz está aspirando a ser gobernador de Chihuahua, y no obstante la rijosidad que media entre ambos, la camisa guinda los vuelve a unir.
No cabe duda que Corral es un inútil para seleccionar a sus compadres y que, apegándonos a la máxima del corrido, matar políticamente a un compadre “es ofender al eterno”. Y ya ven que los tres van a misa.
Pero la miga principal de este texto no está en lo que he descrito, sino en el cinismo, que es el cáncer que carcome a la clase política mexicana. Y aquí va, de entrada, al que se considera el máximo exponente del cinismo en el mundo: se trata del francés Talleyrand.
Este personaje fue radical durante la Revolución francesa, regicida, votante seguro para decretar la pena de la guillotina, renegado del clero y persecutor del mismo; posteriormente fue seguidor de Napoleón, y a la hora de que aconteció la Restauración contrarrevolucionaria, fue un cínico partidario de la Santa Alianza. Se negó a sí mismo cuantas veces le fue de utilidad.
Por eso el escritor E. M. Cioran en Ese maldito yo escribió:
“Mi debilidad por Talleyrand. Cuando se ha practicado el cinismo de palabra únicamente, se siente una gran admiración por alguien que tan magistralmente lo tradujo en actos”.
El pelaje de Corral y Pérez Cuéllar es de esos. Y lo abrillantan con el compadrazgo, aunque riñen desde algunos años.
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Nota: la imagen que ilustra este texto muestra a Corral y a Pérez Cuéllar cuando eran amigos, hace unas décadas.


