Malos tiempos para Trump: el rey Carlos III regaña al presidente
Hay una tendencia, tanto al interior de Estados Unidos como en el resto del mundo, que expresa una caída de Donald Trump. Lo comprueban encuestas de calidad y pronunciamientos de prominentes políticos, particularmente europeos, que ven con profundo recelo los despropósitos del actual presidente del vecino país.
De ahí que las elecciones de media gestión (recordemos que el presidente de EU es electo por cuatro años con derecho a una reelección) serán importantes históricamente si marcan el declive del planetarca de Washington. Habrá que estar atentos hacia noviembre para ver el desenlace de esta coyuntura y alentamos el deseo de que pierda la consulta y se esclarezca que en Norteamérica tiene su principal contrapeso.
En esta línea se inscribe el discurso que ayer pronunció el monarca Carlos III del Reino Unido durante su visita a Washington, particularmente al Congreso de la Unión americana.
El suceso es más que relevante porque es un rey, producto de una añeja monarquía, que llegó a tener el control de las Trece Colonias que dieron origen a Estados Unidos, entre los siglos XVI y XVII, y el que va a pronunciar a la propia residencia de Trump para expresar, y hasta cierto punto dar una lección, amonestando, de que con el presidente norteamericano no va bien el poderoso país.
Que un rey lo diga, tiene un significado especial y conviene agregar que es así porque en realidad la división de poderes y el sistema de contrapesos se inició en las islas británicas. Ya está más que investigado que Montesquieu, autor de El espíritu de las leyes, nutrió esta obra que consagró la idea de la división de poderes, de la experiencia que hubo –y se prolonga hasta ahora– en la vieja Inglaterra.
Pero pasemos a la médula del discurso. En primer lugar, ¿a nombre de quién habló Carlos?, porque el cuidadoso texto fue redactado insólitamente por el gobierno británico y no por la casa real, como sería lo ordinario.
En otras palabras, por boca del rey habló el Reino Unido, un aliado importantísimo de los Estados Unidos y por ello nada despreciables sus palabras, bajo el argumento de que es un discurso más pronunciado en un acto simplemente protocolario. Hay fondo en esto, y más si se advierte que un grueso número de congresistas, entre republicanos y demócratas, lo ovacionaron de pie en varios momentos.
Qué distante se ve esta prestancia del comedimiento que caracteriza los mensajes de nuestra jefa de Estado. Pero no nos desviemos, lo mejor es recoger, aunque sea sucintamente, los puntos esenciales del discurso del monarca británico. Puntualicemos a manera de subrayado:
“Rezo con todo mi corazón para que nuestra alianza continúe defendiendo nuestros valores compartidos, con nuestros socios en Europa y la Commonwealth, y en todo el mundo, y para que ignoremos los llamamientos a adoptar una postura cada vez más ensimismada”.
El comentario es que los Estados Unidos, por más que se arrogue la supuesta supremacía, no debe recaer en una cierta tradición insular, autárquica, egoísta, y actuar como si fuera materia de sus designios, como si el resto del mundo no existiera; y en eso Gran Bretaña tiene mucho que enseñarle. Y al señalar esto obviamente no me desentiendo de su pasado colonialista.
Es muy importante que el rey le haya recordado a los Estados Unidos, como un dardo a Trump, que hay una historia muy larga de construcción de un constitucionalismo que se remonta al año de 1215, cuando en ese país se promulgó la conocida Carta Magna, trazando el “principio de que el poder Ejecutivo está sujeto a controles y equilibrios”.
Aquí el comentario es evidente por cuanto le cierra el paso a la autocracia, y en Inglaterra la alternativa fue el sistema parlamentario, mientras que en Estados Unidos se implantó un sistema presidencialista con taxativas que hoy Trump violenta al querer gobernar a base de decretos, erosionando la democracia y la vida institucional.
El de Carlos III es un discurso deliberadamente cargado de datos históricos que para los Estados Unidos de estos tiempos indican que hay moralejas que no se pueden pasar por alto por un presidente desquiciado y amenazante.
El rey estremeció al Congreso y seguramente su mensaje fue escuchado y será aquilatado por millones de ciudadanos norteamericanos. Para bien, se sobrepuso al protocolo vacío y a la cortesanía que suele caracterizar a estas visitas.
Malos tiempos vienen para Trump. Que al menos quede como deseo.


