Columna

Trump: infancia es destino

Afirman que infancia es destino. En realidad está muy nebulosa la autoría de esta sentencia, pero aún se sigue usando y es válida permite identificar como se labra una personalidad. Hoy, que se festeja el Día de las Infancias, abordaré algunas líneas de la niñez del actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, porque la frase inicial da suficiente luz para explicarnos su atrabiliaria conducta política, tanto de estos días de muchos de los que ha ocupado la Presidencia del vecinos país.

Se sabe, pescando datos biográficos de aquí de allá, que la infancia de Donald Trump transcurrió en Queens, Nueva York, un sector pudiente cercano a la llamada Gran Manzana, centro financiero del mundo. Esa infancia estuvo marcada por una vida de privilegios económicos y una crianza bajo la estricta disciplina de su padre, Fred Trump, un exitoso promotor inmobiliario. Obviamos decir que se trata de una familia inmigrante europea.

El joven Donald creció en el privilegio. Nació en 1946, bajo el estigma de ser un “Baby boomer” y fue el cuarto de cinco hijos en una mansión de 23 habitaciones en Jamaica Estates, en lo que aquí llamaríamos colonia, fraccionamiento o residencial. Su infancia fue de clase media alta; incluso llegó a ir al colegio en limusina con chofer.

Parece que la clave su vida, la que marcó su personalidad para siempre, fue la figura paterna, la de un hombre rígido y exigente que le inculcó una mentalidad de competitividad extrema. Fred Trump solía decirle a sus hijos que debían “ser asesinos”, en el sentido, se dice, de inculcarles una competitividad feroz. En consecuencia, la inculcó que la ley del más fuerte es la que impera y lo demás no importa. Para él que ganar era el único objetivo aceptable.

A Trump se le conoció por ser un niño “problemático” y “fanfarrón”. Algunos de sus compañeros cuentan que en una ocasión le lanzó un borrador a un profesor y que solía molestar a otros niños. Era el típico junior soberbio. Su propia sobrina, Mary Trump, ha descrito que desde pequeño mostraba una actitud desafiante ante las reglas, sin ser anarquista.

Donald (izq) con su familia.

Debido a su mala conducta, sus padres decidieron enviarlo a la Academia Militar de Nueva York a los 13 años. Contrario a lo que se esperaba, Trump se adaptó bien al ambiente de esa férrea disciplina que le cayó como anillo al dedo, dada su personalidad, que pronto aplicaría en su vida cotidiana como hombre de negocios y sobre todo como político. Hizo de su personita el culto de su egolatría. Eso explica que hasta en los pasaportes imprima su imagen al lado del recuerdo de la Independencia. Él también, como López Obrador en México, se cree dueño, demiurgo y heredero de la historia.

Tras la academia militar, estudió en la Universidad de Fordham y luego se transfirió a la Escuela de Negocios Wharton de la Universidad de Pensilvania, donde se graduó en economía en 1968, año que le debió parece abominable por su ideología ultraconservadora.

Fue abstemio por la dramática influencia que ejerció ver a su hermano mayor, Freddy Jr., luchar contra el alcoholismo que finalmente le quitó la vida. 

Todo se combinó: origen, privilegios, arrogancia, racismo, la crisis misma de su país que lo llevó al poder. Si hubieran conocido a fondo su infancia, probablemente hoy no lo estaría padeciendo el mundo.