Los ‘presos políticos’ de Sheinbaum
Finalmente el país llegó, en los hechos, a lo que con ciencia y paciencia trabajó el nuevo régimen desde su “primer piso” a lo largo de los seis años anteriores y que se ha continuado con lo que tenemos hoy: un México en blanco y negro.
En medio de la diversidad que somos como nación, en esta siempre hemos padecido fracturas históricas, divisiones clasistas, religiosas, sindicalistas y políticas, aun en tiempos en los que la hegemonía priista se empeñaba en imponer a la fuerza un solo modelo de pensamiento, cuyo contraste con la realidad, como ya hemos visto, chocó –no sin violencia– a lo largo de las décadas con los resultados que ya todos conocemos.
Hoy no es diferente. La nueva hegemonía en la que MORENA se quiere convertir ha asumido el discurso de antaño, y podría decirse que hasta ha sido hasta selectiva, dependiendo de las circunstancias: de pronto el homicida López Mateos se convirtió en un héroe para la Cuatroté; la caída del sistema no fue tan importante, el neoliberalismo no es tan malo, la corrupción ya no existe, el laicismo puede hacerse de la vista gorda, los “charros” sindicales son herederos honestos, y los que protestan están impulsados por ideas del extranjero.
El maniqueísmo en el que ha operado la Cuatroté es similar en su respuesta a la que la poca creativa oposición actual ha enfrentado al gobierno federal. Y lo que pareciera el culmen de todo régimen autoritario, se expresa en la detención masiva de ciudadanos insumisos, o presos políticos, concepto que hierve en estos momentos en el imaginario colectivo, que está en proceso, y no sabemos a dónde vaya a parar. Sólo un síntoma nos arroja este presupuesto: acusar a algunos, de entrada, de tentativa de homicidio. Insisto, habrá que ver hasta dónde está dispuesta a llegar la presidenta en este tema. Pero incautar el discurso de la protesta histórica nos habla por sí misma de la víspera de los días por venir.
Sin embargo todo ese debate ha dejado de lado lo importante: el reclamo de la seguridad pública, porque digan lo que digan, los números salidos desde el corazón mismo de la administración federal muestran que se han rebasado a los pésimos gobiernos del pasado que se critican todas las mañanas desde el púlpito oficial. Es decir, el sexenio de López Obrador terminó con más crímenes que el del intocable Peña Nieto o el del enemigo número uno de México, Felipe Calderón, a quien el tabasqueño enseñó a odiar desde la escuelita de la mañanera, tanto como antes lo hacía con Salinas de Gortari, dos expresidentes que a pesar de la parafernalia lopezobradorista, nunca han sido llevados a tribunales.
Y si Omar Harfuch se pasea por México con algunos golpes espectaculares al crimen organizado, estos por lo visto no satisfacen a Trump, pero mucho menos a los mexicanos: Sinaloa es un polvorín; lo mismo que Guanajuato, Guerrero y ahora Michoacán, germen de la última movilización masiva que se desprecia desde Palacio Nacional.
Lo que siga lo veremos en los próximos días. Ojalá esto no se convierta en una nube de polvo que empañe la atención en los casos de Adán Augusto López o el de la Marina metida en el escándalo del narco-huachicol fiscal, asuntos que conectan, irremediablemente, a Palenque.


