Columna

Los malos olores construyen democracia

Hoy es casi un desconocido William Somerset Maugham, autor clásico de la lengua inglesa de vasta obra. Experimentó en varios géneros y dos novelas le han dado renombre: Luna de seis peniques y El filo de la navaja. Pero lejos están ambas obras de agotar la narrativa del autor, recogida en español por José Janés, editor de Barcelona a mediados del siglo XX en casi 1 mil 800 páginas de papel biblia. 

Para él, que fue el escritor mejor pagado del siglo XX, ha pasado el tiempo, pero ahí está su obra para quien quiera leerla, y recomiendo que lo hagan.

Recuerdo que El filo de la navaja fue llevada dos veces al celuloide y tuve la suerte de haber visto una en el Cine Alcázar de Camargo, que me impresionó, no obstante no comprender a esa edad adolescente muchas cosas. También me asombró Tyron Power al que nos referíamos como “Tiron”, arrugando la boca para que se viera más chiquita. Yo no lo intentaba porque siendo de labios gruesos y carnosos, no alcanzaba tal finalidad. Pero a otra cosa. 

Quiero comentarles que Somerset Maugham escribió un breve texto llamado Democracia que años después me llamó la atención por narrar el papel que juegan los olores personales en tiempos en que no había baños ni sanitarios y que en sociedades como la China, de la era de dominación colonial, permitían que se pudiera compartir una conversación personal sin discriminación de clase entre un alto funcionario y un culí (esclavo así llamado con un desplante inocultablemente racista) aunque ambos apestaran a cadáver de varios días. El mal olor hermanaba y lo nauseabundo era lo común a percibir en la vida diaria. 

En Occidente, reconoce el autor, la igualdad existía por decreto, no obstante que el capital pesaba. Somerset se preguntó sobre el problema de las letrinas. En Occidente se era libre por la Constitución que la reconocía; en las colonias del Este (China, India, Birmania, etc.) por el mal olor que despedían sus gentes. Entonces, la letrina lo explicaba todo.

Dijo el autor: “Yo me atrevo a pensar que las letrinas son más necesarias para la democracia que las instituciones parlamentarias”; y de ahí llegó a afirmar: “Es trágico pensar que el primer hombre que con ademán negligente tiró la cadena del water-closet hizo sonar la campana funeral para la democracia”. 

Los malos olores se fueron y surgieron las diferencias humanas. El sudor de esclavos, obreros, campesinos, por ejemplo.

No por otra cosa fue que a este autor, valorando otros de sus textos, se le concediera un reconocimiento por su “brillante superficialidad”. Pero en realidad se trata de un juego entre superficialidad y profundidad, sin perder de vista que esta zonas abismales suelen ser tenebrosas, difíciles, y a pesar de ello este autor trascendió por visitarlas.

En México, José Vasconcelos llegó durante el proceso armado de principios del siglo XX a manifestar que la revolución que le hacía falta a México era la revolución del jabón.

Hoy, el mal olor de la política, por desgracia, se esconde en mañaneras, medios oficiales serviles al poder, y seguro que empleando el cloro, el detergente y la lejía, quieren aparecer muy limpios. 

Además, no hay que olvidarlo, que la industria del perfume y los cosméticos engañan y distancian a los seres humanos que, a pesar de todo, son iguales, apesten o no.