La Constitución mexicana es de chicle
Uno de los más delicados temas del derecho constitucional era –porque México ya cambió– el clasificar las cartas magnas entre dos parámetros: o eran flexibles, o eran rígidas.
En mis tiempos de estudiante escuché las didácticas exposiciones que hacía al respecto el extinto maestro, licenciado Jorge Mazpúlez Pérez. A partir de notables juristas, explicaba el tema, con detallados cuadros sinópticos, de tal manera que prácticamente a todos nos quedaba claro que una constitución flexible podía estar a capricho de cualquier reforma que se le ocurriera a quienes estaban apoltronados en el poder y querían conservarlo a toda costa, practicando el más dúctil y convenenciero reformismo constitucional.
En contra de ello estaban los que sostenían la rigidez constitucional, hasta cierto punto conservadores, pero custodios de pactos políticos y sociales llamados a perdurar más allá de las ambiciones partidarias que conmuevan a la sociedad y lleven a la idea de que un texto tan importante como la Constitución pueda ser modificado, aunque no haya una razón suficiente para hacerlo.
Obviamente el maestro de referencia, aparte de revisar la trayectoria del constitucionalismo mexicano, nos narraba la obra de James Bryce, Constituciones flexibles y constituciones rígidas, que el que esto escribe leyó muchos años después en la copia de una edición del Instituto de Estudios Políticos de Madrid (1952) en su colección CIVITAS.
En ese tiempo escribí algunos textos sobre las posibilidades de la transición democrática y la necesidad de dar pie en el país a una nueva constitucionalidad que reconociera a plenitud los derechos humanos, la escrupulosa división de poderes, los contrapesos institucionales, el Estado de derecho, y particularmente el reconocimiento de los acuerdos fundamentales de los ciudadanos para darle viabilidad a un país que requiere de la más fuerte de las unidades.
Dos cosas aclaro: no presumo de haber sido buen estudiante, por una parte; y por la otra, quiero recordarles que esa transición democrática la devoró el remolino morenista, que más allá de todas estas disquisiciones teóricas, hizo de la Constitución mexicana un texto tan dúctil como el chicle mexicano, convirtiendo la Carta Magna en algo irreconocible, porque se le puede modificar por unos cuantos mal llamados “parlamentarios” que bostezando a media noche levantan el dedo para cumplir los caprichos del Ejecutivo, del ignorante lopezobradorismo.
Nuestros congresos ahora parecen máquinas autómatas para procesar leyes; también cuadriláteros donde el boxeo se hace presente de manera recurrente. Es la era de la lucha libre de Noroña contra Lily Téllez, es el sitio convertido por Alito Moreno en una batalla campal, que en inglés se conoce como round robin.
Esto es, ni más ni menos, que una muestra de la erosión institucional que nos ha traído la Cuatroté, que se supone está en su “segundo piso”, bajo el ineficaz y vitriólico liderazgo de la señora Claudia Sheinbaum.
Ahora está en proceso una modificación de la Constitución de la república (de alguna manera debemos llamarla) para establecer la muy abstracta y gelatinosa causal de nulidad electoral basada en la injerencia extranjera. Es de explorado derecho –permítanme este giro de litigante– que las nulidades deban ser tangibles, casi casi que se puedan cortar con una navaja. Por ejemplo, la falta de voluntad de una de las partes en un contrato; o imagine usted un matrimonio en el que uno de los cónyuges no es el novio real, sino otra persona que lo suplante, siendo un contrato personalísimo.
Pues ahora nuestra Constitución ya mero establece que si hay una injerencia extranjera en determinada elección se puede anular. Pongo un ejemplo: pretender elegir la nulidad de la elección de Sheinbaum, con todos sus millones de votos, porque alguien desde Nicaragua, y supuestamente por instrucciones de Daniel Ortega, incida con propaganda para sesgar la voluntad del cuerpo electoral.
Recordemos que hay hechos que podrían concitar materia para este tema, obviamente sin raíz profunda. Hubo voces, incluso dentro del morenismo, que subrayaron lo absurdo de esta propuesta. Pero sus argumentos no se atendieron. Y como la Constitución es de chicle, en breve esta causal de nulidad estará vigente y le permitirá al poder de López Obrador y Claudia Sheinbaum solicitar la nulidad en 2027 si los resultados no les son favorables, aduciendo al respecto el injerencismo que no se le cae de la boca a la presidenta.
Hay un problema real y no se resuelve con la reforma a modo que está en curso en las legislaturas estatales. Se trata del fenómeno internacional del tutelaje imperial, y en efecto, de un intervencionismo abierto y descarado del cual es ejemplo actual Venezuela. Pero eso es distinto, en el fondo, de la pretensión morenista de crearse una causal de nulidad a modo para conservarse en el poder, ganen o no las elecciones.
Y por si acaso las cosas se les complican, ahí está el regalazo a los magistrados del Supremo Tribunal de Justicia para que por la bondad presidencial puedan estar en su cargo, reeligiéndose, hasta por 18 años.
¡Qué lástima, maestro Mazpúlez!, ¡qué lastima James Bryce! El viscoelástico chicle los aniquiló.


