Columna

Jáuregui: el ‘candidato’ que cae, cae, cae…

Para esta columna, tanto la gobernadora María Eugenia Campos como el exfiscal César Jáuregui Moreno están en falta y se les debe fincar responsabilidades conforme a la ley y como resultado de un debido proceso, tras los hechos ocurridos en el municipio de Morelos. Razonablemente es lo que debe suceder tarde o temprano, aunque ya sabemos que la impunidad siempre se interpone.

La gravedad es fácil de entender: el Estado federal mexicano no puede tolerar que una potencia externa negocie con gobiernos locales; lo hemos dicho desde que se inició este escándalo y de lo cual no nos habríamos enterado si no es por la muerte de dos de los cuatro agentes de la CIA que participaron en el operativo antidrogas en aquel municipio.

Sin embargo a César Jáuregui Moreno se le quiere adosar una brizna de acción casi heroica: destruir un narcolaboratorio. Sus fans del PAN tuvieron esa reacción de inmediato cuando en el espacio público de lo que más se hablaba es que debía renunciar a la Fiscalía, como luego lo hizo. Pero también a su posible candidatura por la alcaldía de Chihuahua, fundamental en las relaciones de poder en el estado.

Contrario a esto, voces oficiosas del panismo y hasta el periódico oficial del gobierno del estado (perdón, El Diario de Chihuahua) han continuado poniendo combustible a favor del proyecto del Jáuregui candidato, llegando a decir, incluso, que “preparan para Jáuregui reunión en grande”. Todo un despropósito.

El exfiscal no puede caer en el síndrome Duarte de pensar que es fácil asumir que hay vida después de la muerte. Su responsabilidad es grave y debe asumir las consecuencias. Una simple renuncia no lava la falta o delito cometido, a la vieja usanza de las prácticas del PRI que hoy repite MORENA y, en el caso que me ocupa, el propio PAN de Maru Campos.

Que esto pone en crisis al panismo chihuahuense por tener en la capital del estado su baluarte, es indubitable. Que lo coloca en el dilema de ir a la competencia electoral por el municipio de Chihuahua con un político de poca monta como Rafael Loera, panista sin tapujos; o decantarse por Santiago De la Peña Grajeda, priista de abolengo, excolaborador de Javier Garfio en la alcaldía que ocupó entre 2013 y 2016, esplendor del duartismo, significaría el anuncio de su derrota.

Es un dilema difícil porque en el panismo de base –si alguno queda– se resiste entregar la plaza a un priista, cuando es la plaza más fuerte del PAN.

Aquí habrá que esperar los hechos consumados, el “regreso triunfal” de Jáuregui, la mediocridad de Rafael Loera, o el entreguismo al PRI, en el cual el maruquismo es diestro.

Esta columna no le ha regateado a César Jáuregui el que sea un animal puramente político, que fuera un activo principal dentro del gobierno local actual; pero con igual intensidad es conveniente recordar dos cosas: nunca hay que ganar una batalla sin saber qué hacer con ella, como lo recomiendan los grandes estrategas militares; la otra es escuchar, quizá con unos tragos de tesgüino de Morelos, las golondrinas y no llorar. Hay casos.