En MORENA conjugan con destreza el difícil verbo ‘roer’
El gran Robert Louis Stevenson, de origen escocés, en su obra Secuestrado, un clásico de la literatura inglesa, nos dijo: “Hay huesos que mi destreza no está en condiciones de roer”. Por mi parte, y con un propósito sólo figurado, sus palabras las aplicaré para comentar el ancestral fenómeno de la empleomanía que se da en la burocracia mexicana, con el perdón de Stevenson.
En México no hay político tradicional que viva en cualquier partido que se rehuse a aceptar un cargo público; las aptitudes no definen nada, por otra parte. Primero muerto que estar fuera del engranaje del gobierno; se trabaja poco y se remunera con generosidad, al fin y al cabo que los causantes fiscales son los que pagan. A estos burócratas las prebendas les engrosan el faltante y la mordida les corona su éxito.
Los de la Cuatroté en este tema, como en tantos otros, prometieron ser diferentes, pero en realidad son iguales. La austeridad franciscana es retórica que no se practica y en la que nadie cree seriamente; su práctica está ausente.
Ni en los modestos municipios, y menos en el palacio virreinal (perdón, nacional) esta austeridad es una realidad. En estos días lo hemos visto: Citlalli Hernández dejó el gabinete y la Secretaría de la Mujer para convertirse en “estratega” electoral de MORENA; Luisa María Alcalde Luján deja la agencia electoral del Estado autócrata y se convierte en la titular de la Consejería Jurídica de Claudia Sheinbaum; y la omnipotente jefa del Bienestar, el otro aparato electoral del Estado, Ariadna Montiel, pasará a capitanear el partido del oficialismo.
¿Qué es esto? Que hay huesos difíciles de roer, pero que se aceptan aunque la destreza no dé para tanto. Estar fuera del presupuesto es vivir en el error, nos dijo conocido ensayista mexicano.
En MORENA, que aparte de todo es un club de los elogios mutuos y donde al más calvo le arrastra el pelo, todos son genios, pónganlos donde los pongan, eso no importa. El hueso define.

Los de la Cuatroté se creen los artífices de la historia y en eso de roer hueso son iguales a los del denostado antiguo régimen. Son diestros en pronunciar las palabras que hizo famosas Cantinflas: “¡’sus órdenes, jefe!” Y el drama es que ese jefe en realidad no se sabe si es Claudia o el hombre de Palenque, Andrés Manuel.
Discúlpame, Stevenson, por esta liberalidad.


