El monstruo protege su lana y su tocino
Esopo escudriñaba muy bien a los animales para escribir sus notables fábulas y obtener moralejas para los hombres y mujeres de su época, que aún siguen vigentes. Lo mismo hacía Augusto Monterroso no ha mucho en los zoológicos. Las lecciones de estos textos han dejado enseñanzas para la vida que envidiarían sesudos teólogos y filósofos.
Ellos a cada animal le atribuyeron ciertos caracteres y les otorgaban su identidad; a veces los ponían a dialogar de manera sencilla y llana. Cada animal, pienso, era descrito conforme a su naturaleza propia, la que con certeza le descubría el autor. No recuerdo, perdón si lo ignoro, que se presentaran monstruos antinaturales como, por ejemplo, una oveja y un cerdo encarnados en un solo ser. Ambos animales vienen ahora a mi memoria porque son actuales, si leemos la fábula de Esopo, conocida en todo el mundo.
Si el griego Esopo hubiera vivido estos días en Chihuahua y durante los últimos lustros, quizás, y para su sorpresa, encontraría a un político que adopta, o quiere adoptar, la condición de oveja siendo un cerdo (mangalica, le llaman hoy en países como Hungría).
El monstruo resultante hoy se pasea por las calles de Chihuahua, come en restaurantes exquisitos, cuenta chistes entre sus escasos aduladores, se hace el sabiondo entre algunos borregos que lo siguen y se contonea como un cordero en verdes prados.
Vuelvo a la fábula: un pastor capturó un cerdo gordo que al sentirse apresado hizo un escándalo descomunal, justo como un marrano atorado, como suele decirse en la jerga rural mexicana. Lo extravagante es que también quiere, acorde con vieja vocación adquirida en su particular granja, actuar como una apacible oveja en un campo colmado de heno.
Aunque pareciera imposible, quiere poseer ambas personalidades, no obstante que la porcina brilla más. Se victimiza como oveja y quiere causar ternura, y es por eso que a veces emite algunos balidos que se escuchan en toda la comarca. Pero hay ocasiones en que, al cambiar su actuación, se le escapan los gruñidos, y luego hasta ladra y chilla (oinc, oinc, oinc).
En fin, todo indica que esos monstruos no los llegó a ver Esopo; por eso es que no tenemos fábulas precisas al respecto.
Sin embargo, en la moraleja clásica se obtiene un mensaje sobre los peligros que se corren, y no son los mismos a los que están expuestos las ovejas que, al ser capturadas, reconocen que sólo se busca su lana, la preciada fibra. En cambio el cerdo siempre dirá que su captura tiene el propósito de llevarlo al sacrificio, para beneficiarse de su carne.
Como el ambiguo ser que deambula hoy por Chihuahua y que hasta convoca ruedas de prensa para exhibir su onerosa defensa, en realidad ofrece ambos beneficios, si es que hubiese voluntad estatal: le quitarían la lana y hasta perdería el tocino.
Las dos cosas le importan al monstruo, pues ambas las tiene en alta proporción. Hoy quizás sólo protege su lana, pero el tocino claro que le resulta de nutritiva importancia.
Oinc, oinc, oinc…


