Columna

Cómo soltar amigos sin remordimientos

Es frecuente, más de lo que se piensa, que batallamos con nuestras amistades y que a veces no sabemos qué hacer con ellas. Lo mismo en la vida de las personas sencillas que en las que se han elevado en el mundo de la cultura, la empresa o la política; en general en eso que se llama “éxito”, que es el metro de toda ética utilitarista.

El no resolver esto, que en apariencia es un problema, en etapa navideña se enfatiza y hace que la hipocresía y la falsa tolerancia generen una especie de hermandad que se agota tan pronto pasa el Año Nuevo.

Hace tiempo me encontré una fórmula al respecto leyendo a Henry Miller, que se aplica más en los terrenos de la intelectualidad, la cultura y la política, y que voy a citar enseguida, recomendando que conviene leerlo íntegramente Va:

“Hay veces que tiene uno que romper con sus amigos a fin de entender lo que significa la amistad. Quizá parezca extraño decirlo, pero el descubrimiento de este libro (se refiere a La evolución creadora, de H. Bergson) equivalió al descubrimiento de un arma, un implemento con el que podía extirpar a los amigos que me rodeaban y que ya no significaban nada para mí.

Este libro se convirtió en mi amigo porque me enseñó que no tenía necesidad de amigos. Me dio el valor de quedarme solo y me permitió apreciar la soledad. Nunca he entendido el libro, a veces creí que estaba a punto de entenderlo, pero nunca lo comprendí realmente. Para mí era más importante no entender. Con este libro en las manos, leyendo en voz alta a mis amigos, preguntándoles, explicándoles, tuve que entender claramente que no tenía amigos, que estaba solo en el mundo. Porque al no entender el significado de las palabras, ni yo ni mis amigos, una cosa se hizo muy clara y fue que había diversos modos de no entender y que la diferencia entre el no entender de un individuo y el no entender de otro creaba un mundo de tierra firme aún más sólido que las diferencias en el entender.

Se derrumbó todo lo que creí haber entendido antes y quedé con borrón y cuenta nueva.

Mis amigos, en cambio, se atrincheraron más sólidamente en la pequeña trinchera de entendimiento que habían creado para sí mismos.

Murieron cómodamente en su pequeño lecho de entendimiento para convertirse en ciudadanos útiles del mundo.

Los compadecí y, antes de que pasara mucho tiempo, los dejé uno a uno sin ningún remordimiento”.