Columna

Brasil y México (o lo que queda) de los últimos mohicanos

Hay varias formas de verlo, pero hoy se me ocurren dos: uno, en Latinoamérica, como en Europa, la derecha política sigue avanzando; dos, en nuestro continente la izquierda sigue perdiendo. Si sólo fuera un asunto de pitagóricas matemáticas, diría que el orden de los factores no altera el producto. Pero el caso es más complejo, precisamente por no tratarse de ciencias exactas.

Por principio de cuentas, es un tema eminentemente político, lo cual de manera intrínseca le pertenece, de entrada, a los ámbitos social, económico y cultural. Es un asunto que se podría abordar desde múltiples disciplinas, porque todo en realidad es objeto de análisis desde el ángulo que se le vea. Pero eso es otro tema.

A lo que quiero llegar es a que en Latinoamérica sólo quedan prácticamente dos países identificados con la izquierda, en donde por mera necesidad semántica se ubica México; y Brasil, que mantiene esa categoría casi sólo por la persistencia de Lula. Los demás, como Cuba y Nicaragua, sólo pueden entrar hoy en la categoría de dictaduras, mientras que Uruguay es una ambigüedad y Venezuela es, a ojos de expertos internacionales, un protectorado de facto de Estados Unidos.

Lo primero dependerá de lo que ocurra el próximo domingo 4 de octubre en la primera vuelta de las elecciones del país más grande de Sudamérica, donde el presidente Luis Inácio Lula Da Silva tiene la oportunidad de repetir en el cargo al enfrentarse a Flávio, el hijo mayor del expresidente ultraderechista Jair Bolsonaro. Lo hará en condiciones de “empate técnico”, rondando el 40% de las intenciones de votos para cada uno, si fuera la primera vuelta, o arriba de los 45 puntos porcentuales, si fueran a la segunda, según algunas encuestas publicadas la semana pasada.

El tema que ronda las discusiones en el mundo, principalmente en toda América y Europa, es el avance de las derechas en países que hace tiempo venían siendo encabezados por gobiernos de izquierda, o cualquier signo que se le parezca.

Estudios, ensayos y hasta publicación de tesis desde diversa ideología y variados autores se hacen la misma pregunta. La que atino a responder, dado el momento y desde nuestra modesta posición geopolítica, es una que ya he tratado en esta columna: la culpa es de la izquierda misma.

Es un fenómeno complejo, como decía al inicio de este texto, y, aunque fascinante, es preocupante desde el punto de vista ciudadano. México, a pesar de contar con un gobierno federal que se asume de izquierda, actúa como uno de derecha; y con nuestra entidad federativa, Chihuahua, gobernado por un partido de ultraderecha, el golpe a la vida cívica es doble para quienes habitamos estos lares.

Esas contradicciones provocan confusión entre la población y disgustos entre personas críticas a las que luego se les manda a la hoguera, y aun entre antiguos seguidores, o entre aquellos que forman parte del círculo rojo que, como el pasado lunes, quedaron excluidos –aunque sea temporalmente– del reparto del pastel que ha venido cocinando la Cuatroté durante ocho años. Súmele a eso lo que más preocupa a la ciudadanía de a pie: la desaparición de organismos independientes, la imposición de leyes autoritarias, la corrupción institucional, los vínculos con la delincuencia, y un largo etcétera. Así es, como dicen ciertos autores, como mueren las democracias, de cuyas esquelas toma nota –y aprovechan– los políticos de la ultraderecha para ganar elecciones.

El caso es que tenemos en Brasil y México a los últimos de los mohicanos. México es especial, no sólo por tratarse de nuestro terruño, sino porque quienes nos asumimos de izquierda observamos que este tipo de gobierno no ha se ha hecho presente en la vida real de los ciudadanos y ciudadanas, y los constantes porrazos a las instituciones cancelan cada día más las posibilidades de llegar a un buen puerto democrático.