Columna

AMLO sólo lleva a una república en crisis

La política del llamado “segundo piso” de la Cuatroté, así denominada por la señora Sheinbaum para distinguirse un poco del gobierno de López Obrador, se caracteriza por hacer hoyos para volverlos a rellenar sin ton ni son. 

Quiero decir con esto que hasta ahora no hay hechos tangibles que permitan hablar de un nuevo Poder Ejecutivo y una renovada jefatura de Estado, con aportes sustanciales, carácter propio y soluciones eficientes.

Esto deja ver en varios órdenes de la vida nacional que nos movemos entre calamidades por los despropósitos que, si bien se ocultan en el discurso, terminan por presentarse en una realidad que se puede diseccionar con el filo de una navaja. 

Se resiente esto en la profundidad con la que se han erosionado las instituciones de la república, entre ellas el federalismo de pacotilla que han puesto en marcha. Pero lo mismo sucede con la negociación del T-MEC y en general con la política exterior de México, donde hemos quedado a la cola de dictaduras como las de Díaz Canel en Cuba; Nicolás Maduro en Venezuela, que hoy sufre un tutelaje del imperio; y no se diga la de Daniel Ortega y su esposa, la señora Murillo, en Nicaragua, que tiró el agua de la bañera con el niño adentro, suspendiendo toda elección democrática.

En la coyuntura pesa, y mucho, lo que ha sucedido en Sinaloa, no nada más con el efímero regreso de Rubén Rocha Moya, sino el cuestionamiento de cómo llegó por sus compromisos con el crimen organizado y el narcotráfico. 

La crisis que se presentó en esa entidad con el caso del Mayo Zambada, el fracaso de García Harfuch por pacificar un estado en guerra, con una alta cuota de sangre, y el pretendido regreso del gobernador narco como un mecanismo para lanzar el mensaje de quién ejerce el poder, si López Obrador, el narco mismo, y en un remoto lugar que la ocurrencia de Rocha Moya de regresar como Juan por su casa, demuestra el acrecentamiento centralista de un poder presidencial que podemos valorar como dual e informal. 

Digo dual porque tiene dos cabezas: una en Palacio Nacional y otra en Palenque, e informal porque las grandes decisiones se toman en agencias de esa naturaleza, lo que sería ya la más aberrante consecuencia de la crisis, expresión de que la Constitución de la república es mera literatura barata.

Sin duda este es un tema complejo que repercutirá en el proceso electoral que viene. Tanto López Obrador como Claudia Sheinbaum pretenderán mover sus piezas en las gubernaturas para marcar el nivel de hegemonía que mantienen en la conducción del país y en la reconversión del partido MORENA como un ente oportunista, que a veces es partido y a veces movimiento, a conveniencia de quienes ejercen el poder. 

En todo esto es de deplorar el papel que realiza Ariadna Montiel, quien exhibe una mediocridad que la hace indigna de ocupar el sitio de dirección en el partido que desde Palacio Nacional se le confirió, pero también atendiendo al menú de Palenque. 

Será tema sobre el que hay que seguir bordando. Le corresponderá a muchos realizarlo, y ojalá pronto se plasme en una síntesis y opción para luchar con grandes fortalezas en favor de una república en crisis que necesita de una democracia progresiva de manera impostergable.

¿Quién es el principal estorbo para que esto suceda? Tiene nombre y apellido, y se llama Andrés Manuel López Obrador, que no entiende, porque su personalidad totalitaria se lo impide, que dejó de ser presidente de la república, que no estamos a su merced ni a sus caprichos, y que, al paso que va, se convierta, ya no digamos en Plutarco Elías Calles, sino en un detestable dictador tropical, lo que marcaría una involución absoluta del país hacia la condición de una república que fáciltamente se puede balcanizar y hacer más factible la intervención imperial, esa que en el discurso soberanista suena a demagogia, pero que carece de un contenido real, acorde con los tiempos que corren en el mundo.

Lo mejor que puede hacer López Obrador, antes de que la realidad lo coloque en el cuarto de los trebejos, es retirarse en serio, gratificarse ególatramente si quiere por la oportunidad que tuvo, y deponer su pretensión de endilgarle al país una dinastía de juniors que, por la víspera, exhibirían días terribles en el futuro.

¿Está canijo? Sí, sí está; pero no es imposible.