Columna

Sheinbaum, a punto de la conmiseración

La presidenta Claudia Sheinbaum, aunque suene fuerte, no ata ni desata. Su discurso de defensa de la soberanía nacional, eminentemente retórico, se ve lastrado por el comportamiento de sus propios correligionarios, algunos con poder significativo, como sería el caso de la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, quien ha expresado su voluntad, en un sálvese quien pueda, de colaborar con el gobierno de los Estados Unidos que preside Donald Trump. Y además hay otros dispuestos a hacer lo mismo.

En medios se ha expuesto la segunda parte de unos comprometedores audios que ha dado a conocer el periodista Héctor de Mauleón, columnista de El Universal. En estos segundos audios, ya reconocidos por la propia gobernadora, se escucha, por ejemplo, su disposición a cooperar con el FBI y el Departamento de Justicia de los Estados Unidos y que podría hablar de lo que se escucha en las mesas de seguridad a las que acude con su investidura.

Como tiene temor de que la estén investigando, en el audio se escucha a Del Pilar preguntándole a un intermediario del gobierno norteamericano que si existen intenciones de levantarle cargos o incluso promover su extradición. 

La gobernadora también rechaza viajar a Estados Unidos para entrevistarse personalmente con tales intermediarios, y afirma que no quiere hacerlo en el Consulado americano, sino de este lado, en algún hotel, o en lugares diferentes que le asignen, y le hace saber a los desconocidos que ya tiene un abogado defensor, Michael Nadler, que reside en Miami.

La gobernadora, dicho sea de paso, demuestra una impericia política superlativa. Al igual que el ambicioso exgobernador lopezobradorista, Jaime Bonilla, con el que está en riña, pero cuyo amor a los Estados Unidos está a toda prueba, llegó en la cresta de la ola y subió como la espuma al poder, demostrando que no tenía la calidad moral que dicen poseer los de la Cuatroté.

De aquí deduzco que la presidenta de la república no tiene el control de su propia gente, de los hombres y mujeres con poder que la acompañan en eso que grotescamente se llama “segundo piso de la transformación”.

La presidenta muestra su facciosidad en este asunto, porque se la pasa cuestionando a la derecha, a los injerencistas, a los traidores de la patria, pero es absolutamente omisa en cuestionar a los de casa.

Entiendo que uno de los grandes riesgos que se corre por la muy limitada política exterior de Claudia Sheinbaum es que cualquier gobernador, como Marina Del Pilar, contra lo que dispone expresamente la Constitución de la república, puede “cooperar” y “llegar a acuerdos” con una potencia externa y grandemente peligrosa, justo ahora cuando los Estados Unidos están gobernados por el demencial Donald Trump. 

En consecuencia, los traidores también están adentro, y los que hemos venido de muchos años atrás manteniendo una política consistentemente antiimperialista, somos tildados de pertenecer a eso que ya es un cliché vacío: la derecha en abstracto, sin nombre ni apellido. 

La presidenta tiene muchos frentes abiertos y por resolver, y está a un punto de provocar conmiseración.