Sheinbaum y el fiasco de su política exterior
El eslabón más débil de Claudia Sheinbaum es su política exterior frente a los Estados Unidos. Rigurosos observadores de dentro y fuera del país le están señalando a la presidenta la ignorancia con que se conduce en un aspecto de la política exterior extraordinariamente importante.
No se trata de exigir disculpas a España o de pelearse con Ecuador, es una relación de la mayor importancia en todos los aspectos imaginables. No hay lugar ni a la improvisación ni a moverse a partir de prejuicios, y mucho menos como correa de transmisión de lo que se dicte desde Palenque.
Además, la presidenta está en una encrucijada que puede desbarrancar al país porque el presidente Trump es un hombre déspota, arrogante, impredecible, que semeja a un emperador pretoriano de la peor época de Roma. El planetarca cree que puede enviarnos un cónsul a Palacio Nacional. Nunca ha estado más equivocado.
Pero esas observaciones no son obstáculo para recapitular algunos aspectos que hay que tener en cuenta. Empecemos por la tan traída y llevada asimetría entre México y los Estados Unidos, y la observación puntual de que el primero está para obedecer y el segundo para ordenar.
En las relaciones bilaterales no hay el mínimo de reciprocidad que implica una decente relación entre estados. Norteamérica no hace las tareas que le corresponden en la misma magnitud que le exige a México. La corrupción en los Estados Unidos, el crimen organizado que se mantiene ahí, los niveles del consumo de drogas, el tráfico de armas y el negarse a extradiciones solicitadas por México, son hechos que hablan por sí solos cuando vemos que mide con otras varas lo que le exige a nuestro país puntualmente, adosadas además a caprichos y futilidades.
Si tuviéramos que empezar por alguna parte, habría que decir que Donald Trump es la cabeza de la corrupción concentrada en Estados Unidos, porque amalgama poder político y negocios privados como no se había visto desde 1929, año en que estalló la Gran Depresión con la caída de la Bolsa de Nueva York que barrió a todo el mundo.
En ese escenario, por decirlo tenuemente, la presidenta Sheinbaum se ve actuando al margen de la ley, porque entrega a delincuentes mexicanos en incongruencia con el Tratado de Extradición, violándolo. Pero también está a un paso de aparecer como defensora de una delincuencia empedernida que opera en el país y de la cual hoy es símbolo el gobernador de Sinaloa con licencia, Rubén Rocha Moya.
No intenta, por temor a un sismo en el aparato morenista, a deshacerse de toda una corte de narcopolíticos. Aunado a eso, cuando pide pruebas con motivos de la extradición, se muestra ignorante del derecho y por lo visto carece de asesores que guíen sus pasos en delicadas declaraciones, que al caer en desatino complica más las cosas.
Por ejemplo, hacer del debate las mentiras del exembajador norteamericano Ken Salazar es reducir la política exterior a un pleito de barandilla, que además jamás se va a dirimir. Pero lo que no tiene nombre, por absurdo, es que el gobierno haya reservado la información del expediente Rocha Moya por cinco años, lo que nos condenaría, exclusivamente, a nutrirnos de información por lo que se dice en las grotescas mañaneras que encabeza la presienta. O sea, limitarnos al chisme matutino.
Lo que debiera existir es una agresiva política exterior planteando un nuevo modelo –especializado si se quiere– en combate al crimen organizado, que es internacional; o exigir reglas claras para la extradición de delitos cometidos por funcionarios públicos; o el planteamiento de tratados internacionales para regular el trasiego de armas y el lavado de dinero. Pero estamos perdidos frente a las desafiantes exigencias de Trump y las migajas que se desprenden de los discursos presidenciales.
Esto último hace pensar fundadamente que desde la Presidencia mexicana se defiende al crimen organizado ligado a los narcóticos, pero sobre todo a otras actividades como el llamado “huachicol” de hidrocarburos que dañan las finanzas públicas por las cifras que no pasan por el fisco y cuyas ganancias se reparten allá y aquí.
Además, el proceso de militarización de prácticamente todas las actividades ha mostrado lo sucio que pueden ser los altos mandos, y que cuando esto no se para a tiempo, estamos a merced de que cualquier general se venda al imperio para agredir al país.
Son aspectos que se han subrayado en el pasado pero que hoy se han desoído porque se creyó en el mentiroso Andrés Manuel López Obrador, quien prometió que iba a regresar a los militares a los cuarteles.
A los críticos de la política exterior mexicana a los que me he referido, se les trata como antipatriotas y favorables a una soberanía abollada. Pero tengo para mí que son los que están en el poder los que están produciendo ambos efectos.
Son los saldos de un desastre en política exterior, producto de la ignorancia y, lo más preocupante, del conocimiento de todo para patrocinar impunidades.


