Columna

Los innominati vs los castrati

Hace tiempo leí con gran interés el libro Nosotros. La juventud del Ateneo de México, donde aborda el trabajo, entre muchos otros,de Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes a José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán, de la notable maestra Susana Quintanilla. Ella recrea históricamente una etapa de transición intelectual entre el porfiriato y la Revolución, tan importante en nuestra cultura. Esta obra se dio a la imprenta en la editorial Tusquets y cobró vida a partir de 2008.

No pretendo ahondar en lo esencial de esa investigación, sólo quiero referirme a un detalle que pervive a más de cien años de la historia que se narra con mucho brillo y talento.

El periodismo industrial llegó a nuestro país de la mano de Porfirio Díaz, que lo patrocinó, para hacerse de una opinión favorable a su gobierno. Se valió de Rafael Reyes Spíndola, quien creó y pasó a dirigir El Imparcial, que “mortificaba” a los que caían de su gracia –por críticos o disidentes–, pasándolos al “innominato”, es decir, no se referían a ellos para nada (ley del hielo), o se alteraban sus nombres para darles muerte cívica, que nadie se enterara de sus vidas y obras. Así se las gastaban entonces, y así se las gastan ahora.

En una nota del propio libro de Quintanilla se lee:

“Según Salado, el término innominato no era un eufemismo sino una verdad: a lo largo de tres años Federico Gamboa no fue mencionado en El Imparcial, mientras que el poeta Juan de Dios Peza ‘murió civilmente’ para el diario antes de que ocurriera su muerte física, por suicidio. Si Juan de Dios Peza declamaba en una ceremonia, El Imparcial ponía en la nota correspondiente frases como esta: ‘siguieron unos versos’. Cuando era imprescindible nombrar al declamador, su nombre era alterado en la imprenta: Juan Díaz Pérez, en lugar de Juan de Dios Peza”.

Nada que no suceda ahora. Parásitos del periodismo como Osvaldo Rodríguez Borunda dictan a su personal a quiénes incluir en su periódico y a quienes otorgarle “existencia”, y le pagan bien: muchos millones del erario pasan a sus arcas.

No se da cuenta de que así se convierte en il castrati.