8M: Sheinbaum y Maru convergen en su política hacia las mujeres
En todo el país se dejó sentir la jornada del 8 de Marzo, la poderosa presencia de las mujeres con una agenda precisa: la denuncia del patriarcado, de la violencia de que son objeto, las causas que hacen posible esa violencia, sus diversos efectos, y la necesidad de aglutinar en un programa común la lucha por sus derechos humanos, para vivir en una sociedad sin discriminación y sin las agresiones recurrentes en razón de género, con libertades y oportunidades sustantivas.
Las calles de muchas ciudades del país fueron escenario de dignidad, y desde ahí se pudo constatar la visión que las instituciones gubernamentales tienen, en concreto, hacia la lucha de las mujeres, que no obedece a una sola visión ideológica ni a ideología particular, y mucho menos a un partidarismo ciego.
Hoy se puede afirmar, sin duda, que los diversos gobiernos están indispuestos para sentarse a la mesa y dialogar de manera pública sobre la situación de las mujeres de todos los estratos, particularmente las que corresponden al mundo indígena y al más marginado que reportan las propias cifras oficiales.
Los gobernantes prefirieron enconcharse y desarrollar su propia conmemoración. De entre estos destacan dos por sus características especiales: en primer lugar la presidenta de la república, Claudia Sheinbaum, quien prefirió ir a Campo Marte, es decir, con los militares, de los que ella es comandanta suprema. En ese público no había más que obediencia ciega.
En contraste, el Palacio Nacional, la propia casa del Poder Ejecutivo, se vio cercado por vallas de acero y una fuerte presencia policiaca y militar. Ahí desembocó una gran manifestación independiente de miles de mujeres que reclamaron la falsedad del discurso presidencial de que “llegamos todas”.
Hubo cerrazón en la esfera federal. En la local se llevó el primer lugar del país la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván, quien instaló un muro en el Centro Histórico de un kilómetro de longitud para proteger, dicen ellos, el Palacio de Gobierno y el edificio de la alcaldía de Chihuahua capital, así como al antiguo Palacio Federal y las oficinas de la Rectoría de la UACH. La misma actitud: la cerrazón.
Ya son prácticamente tres años en Chihuahua que demuestran la incapacidad para articular un diálogo constructor, optando por la instalación de ese muro, la campaña orquestada de denostación contra la organización de las mujeres, y desde luego el cuestionamiento de que sólo hay vandalismo, cuando en realidad la esencia de la protesta es por las condiciones en las que viven cotidianamente las mujeres todo tipo de violencia, que va desde el feminicidio, la desaparición forzada, la violación de mayores y menores de edad, la exclusión y hostigamiento en los centros de trabajo, incluidos los del estado.
En Chihuahua los muros hablaron. Se denunció el abandono de la Fiscalía General del Estado y del Poder Judicial en la atención a esta violencia delincuencial y también civil cuando, por ejemplo, se reclaman la situación de las hijas e hijos y las pensiones alimentarias.
Recordemos que hace un año el fiscal César Jáuregui ofreció investigar los nombres denunciados en los muros, a pesar que de no había registros de denuncias formales. Pero de esto nadie sabe, nadie supo.
La gobernadora, rodeada de sus funcionarios (casi todos candidatos a un puesto de elección popular para el año que entra) se refugió en una oficina desde la que se supone monitoreó en tiempo real la manifestación desde su inicio hasta su conclusión, con fines estrictamente policiacos y futuro pragmatismo electoral. La prensa digital evidenció, no obstante, el montaje: el proyecto que supuestamente registraba las imágenes de la manifestación apuntaba hacia otra pared distinta a la que observaban supuestamente los funcionarios.




Todo mundo supondría que una gobernadora, que aparte de ser mujer debiera estar en otra condición de solidaridad y comprensión, pero no se vio porque sus intereses están en otra parte, con preocupaciones electorales para conservarse en el mando, y en el vacío de su “casa dorada”, recientemente denunciada por la prensa nacional.
La novedad es que se detuvo a ocho “infiltrados”, empleando una categoría propia de la Guerra Fría y el anticomunismo que tanta comezón les provoca.
Los discursos de la gobernadora están más huecos que un guaje. Afortunadamente miles de mujeres se han percatado de esa circunstancia y han dicho que Maru, no obstante que es mujer, “no es aliada, sino privilegiada” y que desprecia la lucha de las mujeres, a la vez que las persigue con aparatos policiacos y las obstaculiza con sus muros de acero.
Va un reconocimiento a las mujeres en lucha.


