Columna

Daniel Cosío Villegas y la vigencia de su pensamiento

Cuatro años después de haber recibido el Premio Nacional de Literatura de México, Daniel Cosío Villegas fallecía en la Ciudad de México en 1976, un día como hoy, a sus 77 años, en plena producción intelectual.

Se trata de un mexicano esencial del siglo XX, de imprescindible lectura para comprender, aun en estos tiempos, nuestra historia, particularmente la del siglo XIX, la República restaurada, el Porfiriato, el cuestionamiento visionario de la crisis del régimen priista y el despliegue de su crítica periodística y constante al presidente Luis Echeverría Álvarez.

De entonces datan las publicaciones de obras que tienen que ver con los nefastos estilos y contenidos del ejercicio del poder político en México y la catalogación de un presidencialismo próximo al ejercicio monárquico del poder, que ni la transición democrática y mucho menos la llamada Cuatroté superan, esta última por su obcecación centralista que ha erosionado instituciones valiosas que habrían hecho posible un paso importante para la instauración del sistema democrático que siempre estuvo presente en la obra de Cosío Villegas.

El historiador contribuyó como pocos a la comprensión de nuestro liberalismo mexicano, del que arrancó incipientemente de la Constitución de Cádiz de 1812, y también de la asimilación de la experiencia norteamericana que fundó, por primera vez, una república democrática, federal, representativa y con una división de poderes que mereció el reconocimiento universal. 

Cierto que ese liberalismo norteamericano no proscribió la esclavitud, pero institucionalmente ha sido un sistema político respaldado por más de dos centurias y media, y por haber resuelto crisis tan importantes como la Guerra de Secesión, el Crack económico y social de 1929, y ahora una democracia en riesgo de perderse por el ejercicio presidencial despótico y autoritario de Donald Trump.

Leer en estos tiempos la valiosa obra de Cosío Villegas nos ayuda a entender nuestro presente, a comprender que el liberalismo pudo haber sido una máscara, pero que fue fecundo para resolver agravios tan importantes como los que derivaron de la dominación española, su colonialismo, y el militarismo que reinó durante los primeros años del México independiente, y para establecer que sin separación iglesia-estado se hacía imposible este último. Y lo separó.

En la obra de Cosío está el reconocimiento puntual de esa compleja historia que derivó en gobiernos fuertes como el de Juárez y en la de Porfirio Díaz. Pero no únicamente. Él estuvo atento y analizó nuestra vecindad con los Estados Unidos y la política exterior mexicana con sus claroscuros. A su tiempo reconoció en la Revolución mexicana que contribuyó a darle visibilidad y proyección a la historia y la cultura nacional, abandonando el descuido de los gobernantes, la obsequiosidad porfiriana con el último grito de la moda en Francia y a prodigar lo mejor que este país había hecho, de manera abierta y universal.

Pero Cosío fue un historiador diferente. No se ancló en el pasado sino que puntualmente incidía en la vida política, discrepando y ejerciendo una crítica independiente, más allá de que se coincidiera o no con ella. La primera expresión integral de este ejercicio del pensador fue cuando publicó La crisis de México en marzo de 1947, lo que hizo en Cuadernos Americanos, de don Jesús Silva-Herzog, otro grande del pensamiento mexicano.

La crisis de México surge luego del empalagoso periodo gubernamental de Miguel Alemán Valdés, también un hombre de fuerte carácter para el ejercicio del poder. En esos momentos don Daniel empezó por afirmar que la Revolución mexicana había llegado a su fin y se había convertido en un discurso legitimador de eso que él despectivamente llamaba “el régimen”. 

Hace un balance de la Revolución justo por dar a cada quien lo que le pertenecía, tanto a Madero como a Zapata, por ejemplo. Repasa virtudes y defectos que se trasladaban a la vida pública y social por los sucesivos gobiernos, y ahí desfilan el reparto agrario, la creación de escuelas, universidades, la construcción de carreteras y obras hidráulicas, por mencionar algunas. Pero también el déficit, al abordar estas grandes empresas: tierra a los campesinos, pero sin crédito, ni técnicas, ni procesos de comercialización. 

Sin embargo se centra en la crisis política, atalayando circunstancias que ya se anunciaban en el balance del gobierno de Miguel Alemán como una larga pausa en la que la Revolución mexicana se convirtió en máscara y retórica, apuntando que, también “fue el primer gran asalto victorioso al bastión del liberalismo”, por lo menos aquel que se sustentaba en el lema de “dejar hacer, dejar pasar”. En otras palabras, la existencia de un Estado interventor, que no tiene el autor ni necesidad de demostrar como algo certero. 

Quizá en 1947, cuando apareció La crisis de México movieron a risa algunos planteamientos, pero leídos en los años ochenta ya eran profecía cumplida, que desmentía la meta del sufragio efectivo y la democracia que enarboló Madero incendiando al país. No resisto la tentación de transcribir una larga cita: 

“(…) pero cuando la Revolución ha perdido ya ese prestigio y es autoridad moral, cuando sus fines mismos se han confundido, entonces habría que someter a la elección real del pueblo el nombramiento de sus gobernantes, pues la duda no recae ya sólo sobre personas, sino sobre eso que se llama esotéricamente ‘el régimen’. Y entonces se vería si el progreso cívico de México ha sido, ya que no cabal, al menos genuino. Por lo demás, no nos engañemos, si esta prueba llega fuera de tiempo: de aquí a seis años, por ejemplo, las diferencias entre la Revolución mexicana y los partidos conservadores pueden ser tan insustanciales que estos pueden colarse en el gobierno, no ya como opositores, sino como parientes legítimos”.

He aquí un retrato temprano de lo que nos iba a suceder. Quizás faltó que avizorara cómo el PRI se reproduce ahora, y con creces, en MORENA.

En La crisis de México don Daniel pone en la balanza a dos hombres de su tiempo, con los que tuvo relación: Manuel Gómez Morín, fundador y líder del PAN; y Vicente Lombardo Toledano, fundador de la CTM y del PP con afectos por el gobierno y pensador de una izquierda muy influyente en el país.

Dice de ellos: “La prensa y la iglesia han hecho de Manuel Gómez Morín el jefe de Acción Nacional, casi un santo; y de Vicente Lombardo Toledano, la figura mayor del movimiento obrero, casi un villano. Pero Manuel Gómez Morín sabe, como nadie en este mundo, que él no es superior a Lombardo, ni mental ni moralmente”.

Por cosas como estas, cuando ejerció el periodismo en la etapa de Luis Echeverría, en Excélsior y Plural, se ganó el hostigamiento del presidente, su persecución y calumnias que no lograron doblegarlo. Qué bueno que haya sido excelente historiador y portador de una pluma aguda y temida, del pasado y el presente. 

Hace tiempo que una derecha recalcitrante se quiere apoderar de la figura de don Daniel. Flaco favor le hacen, siendo el hombre que fue. Quizás no lo han leído.

Aún recuerdo cómo buscaba sus columnas semanales.