Pablo Gómez, el renegado incongruente
Al Estado se le ha comparado con el monstruo bíblico Leviatán; de entonces acá se habla del artificio estatal. Hobbes inició su uso en el estudio de la política del hoy arraigado símbolo e hizo escuela. Claudia Sheinbaum, presuntuosa egresada de una carrera científica, no se complicó la vida con la ayuda de la inteligencia artificial en boga para procesar la futura reforma electoral que vendrá a congelar la germinal democracia en favor del naciente autoritarismo obradorista que ya huele a dictadura.
La presidenta tiene en Pablo Gómez Álvarez su inteligencia artificial, pero aquí la inteligencia está ausente, porque la tarea de destruir con todas las palancas del poder en la manos no la requiere, aunque sí de la intervención de un personaje como el señalado, que se pierde en la soberbia, la vanidad, lo falso, lo fingido, lo postizo y hasta lo espurio.
Ese es el artificio que el sempiterno privilegiado Gómez Álvarez le presta a la presidenta para sacar adelante una legislación electoral para el país que le estorba al sistema democrático y empaña más la política exterior de México, lo que no se ha de perder de vista.
La reforma electoral democrática por la que tanto luchó la izquierda comunista en México está en entredicho, y es precisamente un excomunista el que funge como sepulturero de esa deleznable tarea. El proyecto está en marcha y, al parecer, nada lo detendrá.
El tema tiene varias aristas. Tocaré unas cuantas brevemente. Desde tiempos inmemoriales, quienes han ejercido el poder en México asumen que la función electoral está adentro del gobierno, que es una tarea más, como puede ser el establecimiento del sistema de pesas y medidas dispuesto para el comercio.
El gobierno y no el Estado, con mayúscula. De ahí la ancestral ambición de hacer las elecciones un simple trámite convalidatorio de una decisión ya tomada en otro lugar, logia, conciliábulo, o como quiera llamarle. Lo hizo Porfirio Díaz y concitó la Revolución maderista; lo intentaron Carranza y Obregón, y murieron en el intento.
Calles, observador del fascismo italiano y europeo, fue más sagaz y creó lo que con el tiempo fue el PRI como partido de Estado, a través del cual se arrogó el proceso electoral de todos los niveles de poder, como una tarea más del aparato de gobierno, multiplicando esa visión desde el centro del país, pasando por las entidades federativas, hasta llegar al más pequeño municipio. Lógico que sobre la base de 100 elecciones el PRI ganara 100 elecciones, sin importar las jerarquías de las disputas.
Sabemos que eso terminó a lo largo de una acompasada transición a la democracia, en cuyo corazón estuvo sacar al gobierno del control de todo proceso electoral. Hubo una reforma electoral a fines de los años 70 cuyo interlocutor válido fue la izquierda, la comunista en parte, capitaneada por Arnoldo Martínez Verdugo, y el riesgo de la violencia y la guerrilla presentes. En 1976, López Portillo llegó al poder como candidato presidencial solitario, pero con un ritual dirigido desde la Secretaría de Gobernación del troglodita Luis Echeverría.
Que ese monopolio debía terminar, lo expuso Valentín Campa (entonces correligionario de Pablo Gómez) como candidato no registrado que encabezó toda una gesta cívica. Mientras el Estado tuviera el monopolio de la función electoral, todo estaba escrito, y eso debía terminar.
Para resolver la antinomia de una Constitución que prevenía la democracia representativa mientras que en la práctica la negaba, se creó un organismo constitucional autónomo –primero llamado IFE y luego INE– que sacó literalmente del gobierno la función electoral. Se le quitó al presidente y a su secretario de Gobernación la nefasta tarea.
Contra esa lógica del poder se atravesaron los significativos momentos del fraude y la simulación en 1986 en Chihuahua y en 1988 en toda la república.
Fue la ingeniería constitucional que tuvimos a la mano, y el PRI antes todopoderoso perdió en el año 2000, en 2006, en 2018 y en 2024. El árbitro tomó en sus manos la tarea, descartó la injerencia facciosa y hubo elecciones confiables y hubo alternancias. Fue una larga tarea.
Ahora, Claudia Sheinbaum y su inteligencia artificial Pablo Gómez quieren acabar con esa autonomía, destruyéndola en la Constitución de donde emana y matándola por inanición presupuestal. Fue el jurista Jaime Cárdenas Gracias quien primero nos explicó en su momento el antecedente alemán de estos organismos y lo comprendimos puntualmente.
La autonomía electoral está muriendo. Parece que no hay fuerza para resistir el atraco. Veremos y siempre diremos “sin embargo”, y objetaremos, seremos insumisos.
Por lo pronto, Pablo Gómez es fiel a las peores enseñanzas del comunismo: es diestro para cancelar la democracia; la ebriedad del poder morenista le produce esterilidad moral e intelectual, parafraseando al clásico.
Pablo Gómez, la inteligencia artificial de Sheinbaum, tomando la idea de Isaac Deutscher, como buen excomunista, de hereje pasa a renegado, al proclamar la muerte de la autonomía del órgano electoral.


