Columna

Vanzetti: el valor y la dignidad de las palabras

En México, como en muchas partes, no pocos sostienen que la oratoria es el mejor medio de incursionar y crecer en la política. La realidad es que quienes han emprendido esa ruta y que se autodenominan “pico de oro” suelen fracasar si solo practican la retórica vacía. Frecuentemente saben hablar, pero no de qué hablar.

El filósofo Isaiah Berlin, en una magnitud ensayística examina este tema recurriendo a figuras como Winston Churchill y al anarquista Bartolomeo Vanzetti, quien fuera condenado a pena de muerte junto con su compañero Nicola Sacco, en un proceso que acaparó la atención mundial por las injusticias que la policía y los jueces norteamericanos cometían contra migrantes en Estados Unidos en la década de los veinte, como los que hoy suceden a manos del ICE.

Berlin relata cómo Herbert Read, autor de English prose stile, desdeña los discursos de Winston Churchill, lo que me parece injusto, para privilegiar “la humildad, la integridad, la humanidad, el respeto escrupuloso a la sensibilidad, la libertad individual, el afecto personal” de Bartolomeo Vanzetti, un italiano que llegó al sueño norteamericano en busca de trabajo, pero también a impulsar sus convicciones revolucionarias, al abrigo de la filosofía anarquista de la época.

Sin duda que es justa la apreciación que hace el autor que valora los estilos, pero aquí hay más que un simple problema que tiene que ver con las maneras de hablar, y más ante un juez racista y despreciable de Massachusetts, porque por boca de Vanzetti se expresó una condición humana, contundente, de convicciones ante la falsa acusación de un supuesto crimen. Cuando una persona habla así es porque en su cerebro y en sus venas corre la autenticidad que se expresa en certeras palabras, y de ahí, el talante del buen orador.

El párrafo final con el que cerró Vanzetti su defensa, como consta en los registros judiciales, en los medios de comunicación y las biografías de los mártires, dice:

“Esto es lo que digo: no le desearía a un perro ni a una serpiente, a la criatura más baja y desdichada de la tierra; no le desearía a ninguno de ellos lo que he tenido que sufrir por cosas de las que no soy culpable. Sufro porque soy radical, y de hecho lo soy; he sufrido porque era italiano, y de hecho lo soy; he sufrido más por mi familia y por mis seres queridos que por mí mismo; pero estoy tan convencido de tener razón que solo pueden matarme una vez, pero si pudieran ejecutarme dos veces, y si pudiera renacer otras dos, viviría de nuevo para hacer lo que ya he hecho”.

Sacco y Vanzetti fueron condenados a muerte. Sus ejemplos recorrieron el mundo. Hoy día cuentos, novelas y películas narran el injusto proceso y exaltan la voz de un par de anarquistas ejemplares.

Ahora necesitamos en México muchos como ellos.