Columna

Urge una camisa de fuerza para Trump

Desde los tiempos de Adolfo Hitler no se había escuchado una declaración tan sombría y amenazante como la que hizo hace unos días Donald Trump contra Irán, pretendiendo poner de rodillas a la república islámica: “Una civilización entera morirá esta noche para no volver jamás. No quiero que suceda, pero probablemente ocurrirá”.

Esta declaración la registró en su plataforma social de Truth y es, sin más, la confirmación de que Trump es un criminal de guerra que se propone la más atroz violación del derecho internacional que se recuerde en muchísimo tiempo.

De consumarse esa voluntad, pasaríamos todos, de una u otra manera, a un mundo en el que imperaría la barbarie. Extraña que nuestro país no se haya pronunciado en contra de semejante monstruosidad.

En esta declaración se involucran los conceptos de civilización y cultura que tienden a equipararse en sus significados. Hay una convergencia, no exenta de polémicas, en el sentido de considerar a la civilización como el conjunto de las creaciones humanas en las que se incluye, sin agotar la lista, lo mismo creencias, obras, conocimientos, instituciones propias de una sociedad y que traza identidades que se reparten prácticamente por todo el mundo.

De tal manera que la pretensión de que un Estado como Norteamérica, al frente del cual está un demencial presidente, el sólo propósito de dar muerte a una civilización se convierte en un delito mayúsculo cometido, potencialmente, por un Estado que pasa a ser Estado delincuente y perturbador de la paz, como nunca antes en la historia. Esto vale para que la comunidad internacional tome cartas en el asunto y empiece a poner límites que ya la misma sociedad norteamericana empieza a prefigurar, porque sería la negación de una trayectoria de pensamiento con más de 250 años de vigencia, a pesar del comportamiento violento e imperial a que han sido proclives los Estados Unidos.

Hay que resaltar que la amenaza trumpista tendría que desplegarse atacando mortalmente a la población, como ya sucedió en una escuela de Irán, destruyendo además la infraestructura civil, lo que rebasa los acuerdos internacionales que, más allá de que la guerra es detestable, al menos introducen ciertas reglas en las que la población se dota de elementales garantías.

Es correcta la respuesta que dio a esto el ministro iraní de Relaciones Exteriores, Abbas Araqchi, cuando dijo que “las civilizaciones no se derrumban por las palabras de un solo hombre”, ridiculizando a Trump al advertirle que “habla como si el tiempo le obedeciera”.

Analistas de muy diversos medios internacionales ven que el riesgo de la guerra prevalecerá, no obstante la tregua decretada de quince días con la mediación de Pakistán, y seguramente bajo la influencia de China. Y todo indica que tal visión es certera, si vemos que Israel continúa bombardeando el sur del Líbano y a Irán mismo.

Hay la percepción de que Trump está tan ensimismado que no alcanza a advertir las dimensiones de sus decisiones que han puesto en riesgo la paz mundial con la amenaza de emplear armas nucleares, o sencillamente masacrar a la población iraní sin discriminación alguna.

En Irán conviven varias culturas, la legendaria persa y la islámica, entre muchas otras. Pero echemos un vistazo a la cultura persa para desmentir, con un pequeño detalle de clara ironía, la estupidez del presidente norteamericano: ¿va a bombardear el Museo Smithsoniano, ubicado a unas cuadras de la Casa Blanca, para destruir la galería Arthur M. Sackler que alberga piezas muy valiosas de la cultura persa?; o bien, lanzará sus bombas al Barrio Latino de París para destruir el Institut du Monde Arabe. Una camisa de fuerza se requiere para someter a Trump.

Imbécil.