Columna

Política intrépida o cultura insípida… o ambos

Abrigando el dilema contenido en el título de esta entrega, el filósofo y escritor alemán Rüdiger Safranski postula que “el político está obligado a ser trascendental”. Así se lee en su libro ¿Cuánta verdad necesita el hombre?, una obra estupenda que combina la sencillez del lenguaje con la complejidad del tema que a lo largo de sus páginas va exponiendo.

Echa mano de aportaciones fundamentales que vinieron a troquelar el mundo contemporáneo a partir de Juan Jacobo Rousseau, tan importante en México en la ardua tarea de asimilar la idea de la soberanía, como extraño en otros ámbitos relacionados, por ejemplo, en los modos y maneras que adopta el poder –de todos los órdenes–, con sus complicados usos y costumbres.

El libro es un recorrido, si se me permite la analogía, casi cinematográfico, que empieza con el famoso “hombre peligroso” (Philipp Blom), el señalado Rousseau, para explicar la miga de la verdad, su valía y pertinencia, exponiendo a un tiempo a poetas y filósofos de la larga tradición iniciada con Sócrates en Grecia y que pasa en la obra bajo la lente de Kleist, Nietzsche, Descartes, Kant, el refugio que ha sido la metafísica con su propuesta de “volver a casa”, la ontología cristiana y cómo llega todo esto a nuestro trágico tiempo.

Me parece de gran ingenio el modo en que comienza el libro porque nos ayuda a entender el cuerpo entero del mismo, en un recorrido que lleva al lector al tema de la libertad, proponiendo invertir la vieja máxima “la verdad nos hará libres” por la de “la libertad nos hará verdaderos”.

En ese arranque, ajeno a mi juicio a una simple retórica que hoy se emplea mucho en las novelas, Safranski describe cómo se “desaparece del cuadro”, y lo transcribo sin comillas: en una historia onírica que vino de China, un pintor vuelve de un viaje, después de dedicar toda su vida exclusivamente a un cuadro. Se lo muestra a sus amigos, y en ella se ve un parque y un camino estrecho que conduce a una casa situada en la cima. Los amigos, listos para opinar, se percatan de que el pintor había salido por la puerta de su propio cuadro y cerró la puerta.

La metáfora para el filósofo es clara: “el pintor entra en el cuadro, como si de su verdadero hogar se tratara”. El creador ha de alejarse de los demás, parece ser la moraleja. Esto, para el autor del libro, puede ser muerte; pero también el regreso a casa, un momento feliz. Quedamos así en el horror del vacío.

La propuesta es volver al interior del propio cuadro, comprender una larga y profunda historia de nuestra filosofía y poesía; quiero decir la occidental, pues el autor se desentiende de los otros mundos, quizás en una actitud metropolitana y colonial. Los pensadores de primera línea que expone son parte de una serie de momentos para esclarecer cuánta verdad necesitamos, poniéndose a distancia de otras premisas epistemológicas frías, y no por eso deplorables.

En esta otra recorre, por todos sus costados, el tema del totalitarismo, en esa impronta rousseauniana de que hay –o puede haber– una volonté générale propiciadora de una unidad que no soporta divergencias, y Safranski enfatiza que mediante la acción humana se construyen realidades sociales, lo que a mi juicio es una verdad a la que hay que penetrar para ver su contenido.

Brincando al poeta Kleist se comprende cómo su vida fue la de crear un “artificio perfecto” mucho más fuerte que la pura voluntad de expresarse, drama que viven muchos de los intelectuales contemporáneos. 

Con un paso de más alcance, Safranski  le dedica un gran espacio a Friedrich Nietzsche y, sin agotarlo, teje con él una explicación en el costado lúdico de la vida, en un tiempo en que Europa lo fermentaba en la bella época que precedió a la devastadora guerra que se inició en 1914, que marcó al siglo XX, por ejemplo, con el derrumbe de los imperios que se creían inamovibles, como el alemán, el austrohúngaro, el ruso del zarismo y el turco-otomano. ¡Nada más!

Safranski. En contacto con la historia y sus verdades.

En el tema de la verdad Friedrich Nietzsche se pone de frente y en contra de una añosa tradición. Según Safranski, basado en lo anterior, “si se pretende ser uno con la vida, hay que soltar el lastre de querer conocerlo todo y acabar con la ilusión de que el conocimiento es la más elevada y valiosa forma de la vida (…). Cuánto conocimiento, cuánta verdad necesita el hombre” (pp. 71-72). Y de ahí, a la idea de que el conocimiento en exceso es impedimento para la “capacidad plástica”. Luego, es necesario olvidar, regresar a la inocencia. Recriminar el haber comido frutos del árbol prohibido. Una vastedad para la reflexión que no le traba el camino a Safranski de ver todo esto en lo que vendría después: Hitler y su ayudante Goebbels, los matones nazis.

De ese espacio se pasa a las cavilaciones sobre la tradición metafísica (la medieval en particular) y el papel del cristianismo, para llegar al escepticismo metódico de Descartes y a la gran síntesis kantiana. Nada extraño para el momento de Habermas, quien bifurcó la verdad en las variables de instrumental y comunicativa, que de alguna manera es donde nos encontramos en contemporaneidad del libro que comento.

Los aportes de Safranski son fundamentales cuando llega al tema de la libertad, al final de su obra, y es algo que nos atañe abordar en el México de nuestros días. Hoy, más que una disposición a encontrar la verdad, lo que vemos es una afición por creer, y se cree más en lo quimérico de la propaganda y el consumismo como, por ejemplo, en lo también supuestamente sólido de las ofertas fincadas en la roca firme de la verdad.

Safranski lo explica claro: “La situación de crisis espiritual, social y económica promovió en las masas esa predisposición a creer” (p. 159). De ahí su recomendación: “

“Hay que combinar las verdades con la ironía para poder soportarlas, o lo que es lo mismo, para seguir viviendo” (p. 200). Para que precisamente se recobre la libertad que nos hará libres, hay que invertir los extremos de la antigua consigna que viene del Evangelio según San Juan (8:32): 

Jesús les aclara a sus interlocutores: “Ustedes son de abajo, yo soy de arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo”, contrastando su origen terrenal con el celestial de Jesús, y advierte que si no creen en quién es él, morirán en sus pecados.

La conclusión de esto es un aporte de lógica, ineludible y necesaria:

“Necesitamos las verdades intrépidas de la cultura, a la par que las verdades frías y útiles verdades de la política. De no mantener separadas ambas esferas, corremos el peligro de padecer una política intrépida o una cultura insípida o, en el peor de los casos, ambas”. (p. 218).

No lo olviden, “hay un drama aterrador: la verdad, como siempre que toma el poder, se torna amenazante”. (p. 211).

A esa verdad yo le pongo comillas. Ha pasado –nos pasa ahora–, aquí allá, en todos lados.

Invito a leer esta obra que me acompañó durante la convalecencia de un mal superado.

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Safranski, Rüdiger. ¿Cuánta verdad necesita el hombre?. Traducción del alemán: Valentín Ugarte. Primera reimpresión, México, 2021.