Columna

Pérez Cuéllar y Jáuregui: anatomía de dos presuntos candidatos

El estudio de los posibles candidatos a puestos públicos de importancia en el estado de Chihuahua siempre reditúa en un mayor conocimiento de lo que hay en el establecimiento de la clase política. Esta es una verdad más que sabida y aquí queremos, de manera breve, trazar la autonomía de dos figuras que disputan el poder en diversos niveles. Y cuando decimos anatomía, queremos advertir de los órganos comunes que los hacen prácticamente iguales, aunque tengan matices que los diferencie.

Veamos el caso de Cruz Pérez Cuéllar. Pertenece a la clase política desde hace más de treinta años, lo que quiere decir que se sirve del poder público de manera consuetudinaria, si por tal entendemos que es su ocupación. Todo menos el divorcio con el erario.

Empezó como miembro del Partido Acción Nacional, que le sirvió para llevarlo a una diputación federal, otra local, a la dirección misma del partido a nivel estatal. Es compadre de Javier Corral, del que se separó por intereses políticos personales, y hoy comparten militancia en MORENA, por más que aparentemente estén divididos.

En su momento Pérez Cuéllar fue un cómplice del gobernador César Duarte, que lo refaccionaba económicamente en las épocas de seca política. Jugó como candidato a gobernador del estado en 2016 por Movimiento Ciudadano, pues su rivalidad con Corral se había acrecentado. Pero ese no fue el motivo de asumir la candidatura, sino jugar de esquirol para favorecer al PRI, que postuló al duartista Enrique Serrano.

Cuando MORENA se empezó a convertir en una bola de nieve y generadora de éxitos electorales, se sumó a este partido, que lo hizo senador de la república, primero, y alcalde de Ciudad Juárez después. Y desde esta plataforma quiere arribar a la candidatura a gobernador del estado para el año entrante.

Su anatomía está clara: favores al poder, dinero sucio de éste, chapulineo, y ocupación del cargo de alcalde hoy como un simple trampolín para seguir medrando del erario y de los jugosos negocios que se hilvanan desde el poder.

No sería extraño que si María Eugenia Campos Galván pretenda entregar Chihuahua al morenismo, lo haga en favor de su antiguo correligionario, pues ambos saben, desde la época de Duarte, que lucrar políticamente paga, y paga muy bien.

El caso de César Jáuregui es un tanto cuanto diferente, pero en esencia prácticamente igual. Se ha mantenido como militante del PAN; de hecho es uno de sus jefes por ser un animal puramente político. También tiene cerca de tres décadas viviendo del presupuesto público. Ha sido funcionario menor, ha incursionado en administraciones municipales en Juárez, Delicias y Chihuahua. Con Campos Galván llegó a la Secretaría General de Gobierno, y actualmente se desempeña como fiscal general del estado.

Para continuar en esa trayectoria hoy aspira, como todos los demás, a competir abierta y anticipadamente por la candidatura a alcalde de Chihuahua. Es más, en su publicidad dice perfilarse como el próximo alcalde, ya ni siquiera como simple aspirante.

Tiene como ventaja que está en la plaza fuerte del panismo, que es el municipio de Chihuahua, lo cual hace impensable que Santiago De la Peña Grajeda, su cercano competidor, alcance la candidatura, en parte por su pasado priista que hoy deja pragmáticamente el que fuera oficial mayor y luego secretario del municipio de Chihuahua en los tiempos del cómplice de Duarte, Javier Garfio. De la Peña es más potable a los factores reales del municipio, pero en un PAN hipócrita en el que se defiende el pedigrí, le faltan méritos.

Volviendo a Jáuregui, se debe tener en cuenta que fue una pieza clave en el ejercicio de poder despótico de César Duarte. Fue coordinador parlamentario del PAN en el Congreso local y practicó la ceguera política como regla: jamás vio lo que se hacía, los despropósitos y el despotismo tiránico. Le acompañó como subcoordinadora la actual gobernadora del estado, la que recogía las regalías del duartismo en los sótanos de un edifico público del centro de la ciudad.

Jáuregui fue el aliado principal para golpear al Poder Judicial del Estado en los tiempos de César Duarte. Ganó para su partido dos sillones en el Tribunal Superior de Justicia. Hablo de su compadre Luis Villegas Montes y de Rafael Quintana, ya fallecido. El precio fue alto, pero Jáuregui antepuso el compadrazgo sobre los viejos principios que estipuló Manuel Gómez Morín, del cual sólo queda un recuerdo, el nombre de algunas calles y una estatua solitaria.

Dos personajes, una sola anatomía: el desprecio por los supuestos principios democráticos.