Ciertamente el diputado federal Mario Mata Carrasco ha tenido en el problema del agua en la región sur del estado un complicado papel: como representante del distrito si no hacía nada y se mantenía en la abstención, le reclamarían; si hacía algo quedaría, como en efecto ocurrió, expuesto a la crítica. Es algo de la “normalidad política” ya vieja en el país. Desde luego que agitó, quepa la redundancia, las aguas, y lo ha hecho con un protagonismo que a veces mueve a lo inexplicable por la soledad patente en múltiples videos. 

Es inocultable que en sus acciones ha habido dobleces: por un lado, al subrayar un problema llamado a acrecentarse, aunque nunca le hemos escuchado un pronunciamiento de fondo, integral, como correspondería a su función pública; del otro, sus pretensiones muy obvias a seguir escalando en la esfera del poder público. 

En 2016 fue pretendiente de la candidatura por el gobierno del estado, ahora es evidente que anda en la misma búsqueda y necesita algunos kilos de notoriedad. También se trata de algo propio de esa “normalidad” y, reconozcámoslo, está en el ámbito de sus derechos garantizados. 

Hasta aquí, nada que no se haya visto. La novedad es esa discriminación que se provoca de manera natural y previsible: hoy se está armando por parte de las fiscalías una multiplicidad de procesos penales que incluye a menores de edad como responsables de los sucesos del pasado miércoles 29 de julio, pero Mata Carrasco tendrá el privilegio de su fuero, porque hay unos que pueden reclamar, decir y hacer cuanto se les antoje, y porque tienen la muralla de su diputación que los protege contra este tipo de acciones del ministerio público. 

En otras palabras: unos van a la lucha con un blindaje impenetrable y otros quedan a la intemperie y en la vulnerabilidad total. Lo único que los puede proteger en el futuro proceso penal, es, a querer y no, el carácter político de su participación y del movimiento. Sólo por un antojo metafísico se puede considerar que la participación en un movimiento social como este corresponde estrictamente a los productores del campo, no se involucra a todos la supervivencia de la cuenca del Río Conchos, el río fundamental de Chihuahua.  

Tampoco los futuros procesados, cuyos nombres ya circulan en la prensa, van a tener el privilegio de que sus amigos les paguen caros desplegados en el periódico, a media plana y en full-color –quiero decir muy costosos– para difundir loas y elogios al diputado Mata Carrasco, como lo vemos hoy día. A él lo defienden contra las injurias, difamaciones y calumnias y le dicen que no está solo, y hasta le reconocen su ética y responsabilidad. 

Es una falta de congruencia, con el despliegue mismo de los fuertes y duros conceptos que Mata propaló y que contribuyeron a atizar el fuego. Pero quienes lo usaron no tienen ni compadres ni amigos, y seguramente ni ambiciones políticas para que les digan que no están solos, aunque es previsible que les esperen celdas más que nada propiciatorias de la soledad y la indefensión. 

Cuando los panistas se involucran en movimientos sociales, suelen ser incongruentes, ignoran las consecuencias de las palabras que se empeñan y que motivan a la acción. ¿Quién no recuerda los actos de resistencia civil de los panistas en 1986, cerrando puentes internacionales y carreteras, por causas inequívocamente legítimas? Entonces fue política y búsqueda de poder; ahora también es política y, en última instancia, defensa para todos de un ecosistema y recurso hídrico en riesgo de abatirse. 

¿Quién no recuerda a Andrés Manuel López Obrador tomando pozos petroleros en el sureste mexicano? Era legítimo y era político. No nos confundamos. 

Ahora el lenguaje es que hubo infiltrados, agitadores profesionales y otras lindezas por el estilo, propias de la Guerra Fría que ya son obsoletos, o que siempre lo fueron. Extraña que ese mismo lenguaje lo hablen personeros que se les ubica a la izquierda. 

Lo que sucedió en la región centro-sur no es más que el preludio. Con la caída del PIB tanto en México como en los Estados Unidos, estamos a las puertas de una gran conmoción social como para que desde hoy se estén tratando de inventar causas inexistentes. 

Se ha dicho que los pueblos no hacen con más gusto las revoluciones que las guerras, es cierto. Nadie va a exponer su vida y su libertad como si se tratara de asistir a un picnic. Hay causas profundas que mueven al pueblo, hay hambre, miseria, enfermedad, carencias en todos los órdenes, y esos son los verdaderos agitadores que es muy probable se empiecen a mover por todas partes. 

Hay muchos olvidados de la tierra que están dispuestos a quebrar este mueble, a hacer otro y vaciar nuevo bronce. No lo olviden.

Por lo pronto, que Mario Mata y sus adherentes disfruten sus desplegados, porque a final de cuentas lo único que están haciendo es ponerse los huaraches antes de espinarse. Porque de cierto sé que los panistas jamás quieren espinarse por su pueblo.