Columna

La sed imperial por América Latina

Las potencias colonialistas, y más recientemente los poderes que aspiran a construir imperios mundiales (Estados Unidos, Rusia, China) han puesto sus ojos en América Latina y el Caribe. Saben que hay grandes recursos naturales que codician, como el petróleo y el litio, entre otros minerales.

En el pasado, España, Portugal, Reino Unido, Francia, y no se diga ahora los Estados Unidos, han sido autores de grandes intervenciones, algunas de las cuales escalaron a niveles bélicos. 

México tiene en su historia la pérdida de la mitad de su territorio durante la guerra de mediados del siglo XIX, cuando se inauguraba como país independiente; además fue escenario, durante el porfiriato, de un crecimiento “hacia afuera” con la instalación de grandes empresas mineras y petroleras y la construcción de una red ferroviaria hecha para el saqueo de grandes riquezas.

La ambición imperial siempre ha estado presente en los últimos 125 años, por ponerle un número. Durante la Guerra Fría los Estados Unidos, con un falaz discurso democrático, entronizó a dictadores e hizo frecuente que todo experimento democrático naufragara en golpes de Estado que concluían en tiranías militares.

Muchas cosas han cambiado, sólo que hoy se levantan nuevos mecanismos de intervención y control. Ya nadie piensa que haya desembarcos de marines en los puertos latinoamericanos, como aquel que hubo en Veracruz durante los años de la Revolución. 

Ahora los mecanismos son más sofisticados y riesgosos por el poder imperial de Donald Trump, quien amenazante traslada fuerzas navales y militares de primer orden a las aguas del Caribe, frente a Venezuela, un país petrolero por excelencia pero sumido hoy en una situación deplorable por el gobierno de Nicolás Maduro.

Estas pugnas tienden a convertir a la región en una zona de conflicto de las potencias imperiales que actúan hoy en el mundo. Ninguna de ellas llega a esta zona cargada de costales de magnanimidad y solidaridad. Todas vienen para ver qué se llevan y así amenazar la paz de la región.

Si esto se consuma y las presencias imperiales se instalan, la geopolítica continental se transformará para ingresar a una etapa más compleja y difícil.

México, a mi juicio, no ve esto, encerrado como está por un gobierno miope que no atina a definir una política exterior que prodigue seguridad continental y responsabilidad para el país. Las querellas interiores no dejan, y más que las atiza el gobierno de la Cuatroté.