Columna

La política exterior sigue dando tumbos

La política exterior mexicana sigue dando tumbos. Las llamadas de quince minutos entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump son tiempo que genera apariencias y muy poca certidumbre, en un momento en el que el derecho internacional y las mejores prácticas del comercio mundial han pasado a mejor vida, porque penden del carácter intempestivo del gobernante norteamericano.

Cuando Sheinbaum muestra a los mexicanos el momento de la llamada telefónica, se hace flanquear por dos miembros de su gabinete: Omar García Harfuch, lo que denota la agenda de seguridad como primordial, pero no puede ocultar lo que ya es un secreto a voces, de que a este personaje, nutrido en su linaje militar, se le tiene como el hombre de las confianzas de Washington; y él deja que lo placeen como futuro candidato presidencial para el 2030. En el otro extremo la presidenta muestra al canciller Juan Ramón De la Fuente, desentendiéndose que se trata de un funcionario que ha tenido una precaria actuación y no goza de una sólida respetabilidad en la Casa Blanca.

Pero después vino lo mejor para los intereses norteamericanos, por encima de las salamerías que se presumieron. Cuando está a la puerta el procesamiento del T-MEC, Trump se lanza a la miga principal de los problemas, diciendo que este tratado comercial con Canadá y México no es fundamental (aunque realmente lo sea) y que puede prescindir de los productos mexicanos. Es difícil lidiar con un jefe de estado que no tiene más límite que su propio ego y su lengua.

Me parece correcto lo que ha sostenido Enrique Quintana en el periódico El Financiero, que Trump lo que ha hecho en el proceso futuro de revisión del T-MEC es aplicar una regla básica: “Quien logra fijar el punto de partida, suele obtener ventaja”. O como se dice coloquialmente, el que pega primero, pega dos veces. Y eso es lo que ha hecho Trump para poner sus piedras en el camino.

En realidad el T-MEC es fundamental, si a números nos atenemos. Pero en el despliegue despótico de Trump eso no importa y va por más, rebasando exclusivamente lo que se puede considerar comercial.

México es un país asimétrico económicamente frente a los Estados Unidos, pero los procedimientos que se tratan de imponer son tan aberrantes que no le permiten a los funcionarios mexicanos sobrellevar con certidumbre la ansiada revisión por parte de nuestro país, con todo y su retórica antineoliberal que más enardece al presidente norteamericano.

No se advierte, por otro lado, que haya un manejo armónico de las agendas internas con su repercusión hacia el exterior. El gobierno de Sheinbaum se obstina en llamar a la unidad nacional, a la vez que se está empeñando en consolidar una hegemonía con la reforma electoral que conducirá indefectiblemente a una división de los mexicanos que los Estados Unidos no perderá de vista. En la misma ruta están las inocultables simpatías que el gobierno de la república tiene por Cuba, Nicaragua y la Venezuela de Maduro, por el que todavía suspira.

En política exterior México ha aplicado sus doctrinas: la Carranza, la Estrada, la tercermundista de Echeverría, y con altibajos ha obtenido en diversos momentos algunos beneficios. Pero ha llegado el tiempo en que la política exterior mexicana tiene que redefinirse, ser más activa, multilateral, sustentada en la Constitución, pero con mayor oficio para ir combinando las piezas que le permitan navegar en el proceloso mar de la diplomacia que se abate en el mundo.

En particular, nunca perder de vista que el factor mexicano al interior de Norteamérica es un activo en favor de los intereses nacionales y que eso sólo puede tener una onda expansiva si se tiene una visión que rebase el que se vea a nuestro país como un territorio de narcos y políticos corruptos, como antes y durante mucho tiempo que se nos representaba como un hombre dormido, agachado, cubierto con un enorme sombrero, ensarapado y recargado en un nopal. En este marco nuestra riqueza cultural puede jugar en nuestro favor.