Columna

La confusa historia de un político patriarcal

Cuenta la leyenda que  allá por los años sesenta, el Comité Directivo Estatal del PRI mandó llamar a un solícito líder campesino de un municipio de la Sierra Tarahumara para comunicarle una importante decisión en tiempos electorales. 

Dicho líder acudió presuroso a la cita como quien se prepara para lo más grandioso de su vida, y ya en presencia del jerarca local, acostumbrado a la tradición en el uso del dedazo, le comunicó que el señor gobernador lo había designado para que encabezara la planilla en la futura elección para el cargo de presidente municipal.

Seguramente para el líder hubo el sentimiento de que por fin le había hecho, como a otros en el pasado, justicia la Revolución.

Aparte de la secresía que se le pidió que guardara sobre el asunto, se le conminó a tener disciplina y unificar a los que no recibieron el beneficio del dedo elector.

Fiel a su proceso, el candidato en ciernes regresó gozoso y sonriente a su casa y como buen exponente de la cultura patriarcal de su época, le hizo saber a su señora esposa que esa misma noche ella dormiría con el presidente municipal.

La mujer, entre confundida pero siempre obediente de los mandatos de su nefasto patriarca, procedió a ataviarse con sus mejores prendas. 

Llegó la tarde, las primeras horas de la noche y la dilación avanzaba, y ella impaciente, sin que hubiese señales para que se cumpliese la orden de su marido, pero con disposición absoluta a cumplir sus órdenes, se decidió a preguntarle al marido, luego de confirmarle que estaba lista:

—Disculpa, ¿el presidente municipal vendrá aquí, o yo tengo que ir a su casa?

Así burló, sin quererlo –o quizás queriéndolo– el comportamiento patriarcal del ufano marido.