Columna

El gobierno de Sheinbaum y su tibieza frente a Israel

La política de Donald Trump en torno a Palestina es una jugada de tres o cuatro bandas. La primera es afianzar el propio poderío de Estados Unidos en la zona, como principal aliado del estado de Israel, recurrente agresor del mundo árabe que le rodea.

Otra es sentar las bases para, paulatinamente, ir desmantelando la Organización de las Naciones Unidas como el ente más importante en la escena internacional, para dar paso a una supuesta Junta de la Paz que asumiría el delicado problema de encontrar soluciones a los conflictos bélicos y ponerlos en manos de la hegemonía estadounidense.

La tercera sería garantizar desde el punto de vista bélico un control en el que se comprometerían estados vecinos del Medio Oriente, remotos, como sería el caso de Indonesia, y democracias iliberales, como sería el caso de Turquía y Hungría.

La cuarta sería extender el mundo de los negocios y la norteamericanización de esa parte del mundo.

Los intereses de Palestina no estarán presentes en esa sociedad, y de eso habla la ausencia de un estado reconocido por la ONU, y nunca reconocido por los Estados Unidos, mucho menos por Israel. Pretenden decidir los destinos de un pueblo sin que ese pueblo esté presente.

Llama la atención que Trump quiera aparecer ahora como un gigante constructor de la paz en el mundo, a grado tal que hasta utiliza el delicado conflicto para rendir culto a su propia personalidad. Siendo imperialista, desea pasar a la historia como el garante de la paz, y al mismísimo edificio donde se celebrará la primera reunión se le cambió el nombre por el de “Instituto Donald J. Trump para la Paz”.

Mientras, la Agencia de la ONU para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD), con una visión real de pacificación, ha estimado en 70 mil millones de dólares la restauración de Gaza a largo plazo. Pero Donald Trump ha anunciado que se aplicarán 5 mil millones de dólares, una cantidad ínfima en estos niveles para un pretendido líder de la paz que lleva de la mano al gobierno genocida de Israel.

La más delicada tendencia es ningunear a la ONU, no porque esta haya hecho todo exactamente bien, sino porque se pretende nulificar al resto de los países, y de paso a los principios inspiradores de la creación de la propia ONU, y de la mejor tradición del derecho internacional, que se perfiló después de la Segunda Guerra Mundial.

Una vez más el Estado mexicano ha quedado entrampado en este asunto. Por un lado México reconoce al estado palestino, pero no ha actuado con un pronunciamiento enérgico en torno al genocidio, como se lo reclama incluso la base morenista del oficialismo. México votó a favor de la resolución 67/19 de la Asamblea General del 29 de noviembre de 2012, que admitió a Palestina como Estado observador no miembro de la ONU.  

Por otro lado pide que a la Junta de la Paz se convoque a Palestina, y aceptó asistir como observador, renunciando a su carácter de invitado; y para dar pálidas muestras de lejanía, se enviará a un diplomático de bajo perfil, Héctor Vasconcelos, representante de nuestro país ante la ONU. Ni siquiera acudiría el canciller Juan Ramón De la Fuente.

Una vez más se reitera la arrogancia de Trump, la sumisión de algunos países y la ambivalencia de la política exterior mexicana.