Columna

De palabras ya vamos estando hartos

La oratoria goza de buena fama, inmerecida, salvo en excepcionales casos. Mejor sería referir esta afirmación a los oradores en concreto; pero ese es otro tema que en realidad no me interesa ahora. Me produce abulia ocuparme de los Noroñas y los Corrales.

Me parece de mayor interés comentar brevemente un ensayo de Montaigne titulado “De la vanidad de las palabras”. Esta es la primera parte de su obra, por cierto antologada por Carlos Fuentes, aunque recomiendo, si desean leerlo, que lo hagan en su totalidad, porque es una buena aventura intelectual.

Empieza Montaigne con una descripción sobre “un retórico de tiempos pasados que su oficio consistía en hacer que cosas pequeñas parecieran grandes y así las encontrasen los demás. Es un zapatero –dice– que sabe hacer zapatos grandes para pies pequeños (…) un arte engañoso y mentiroso”.

Y pone un ejemplo: “… el rey Arquidamo escuchó no sin asombro la respuesta de Tucídides al que había preguntado quién era más fuerte en la lucha, si Pericles o él: ‘Eso –contestó– sería difícil de comprobar; pues cuando lo he tirado por tierra en la lucha, convence a cuantos lo han visto de que no se ha caído, y lo consigue’”. 

Su resumen, en conclusión, es que se trata de “un instrumento inventado para manejar y agitar a una turba y a un pueblo desordenado, y es instrumento que no se emplea más que en los estados enfermos, como la medicina; en aquellos donde el vulgo, donde los ignorantes, donde todos pudieron todo, como el de Atenas, el de Rodas y el de Roma, y donde las cosas estuvieron en continua tempestad, allí afluyeron los oradores”.

Es algo de lo que nos pasa hoy en México; y que me perdone mi paisano Jesús Urueta.