Columna

De nuevo en la Capilla con Diego

En la efervescencia de fines de los años sesenta visité por primera vez la Capilla de Chapingo en donde están los frescos de Diego Rivera, algunos de sus más históricos murales con un profundo mensaje social y nacionalista.

Como se sabe, el fundador de la Secretaría de Educación Pública, José Vasconcelos, con toda una concepción de los procesos que respaldan las artes y una apertura a pensamientos que no eran los suyos, otorgó los muros de la capilla de la vieja hacienda enclavada en el municipio de Texcoco, Estado de México, para que plasmara parte de su obra, que en particular tuvo una trascendencia universal, construyendo de paso componentes indelebles del nacionalismo revolucionario mexicano.

Diego pintó en la capilla de 1925 a 1927, dedicando el 50 por ciento de su tiempo a ella, y la otra mitad a los murales de la recién fundada institución educativa, en el centro de la Ciudad de México.

En la capilla la obra de Diego obviamente es la central, pero también se pueden apreciar las obras de otros artistas que tallaron portales y pintaron plafones, como los de Xavier Guerrero. El portón principal, basado en un diseño de Rivera, fue tallada por Abraham J. López y hermano. Eran los tiempos de la primera etapa de la institucionalización del régimen revolucionario en el que se aspiraba hasta dar paso a nuevas civilizaciones de raíz netamente mexicana, con un sentido de grandeza que tenía como referente el trabajo colectivo de pintores, artistas, arquitectos, albañiles y artesanos, de los que ha dado cuenta buena parte de la crítica con afectos en la visión del estado de aquellos años.

La Revolución mexicana está en el centro, con sus soldados zapatistas, con su madre tierra, sus mujeres, soldaderas, campesinos y revolucionarios. Pero, por encima de esto se destaca el naciente comunismo que en los años veinte aún era esperanzador. Entonces menudean los puños crispados, las estrellas rojas de cinco picos, y la hoz y el martillo como un emblema universal que aún no se deshonraba.

La primera visita me entusiasmó. La segunda, que hice hace unos cuantos días me sorprendió entre nostalgias y decepciones. En primer lugar, por darle el golpe a la vieja idea de la relación del príncipe con el intelectual, siempre una relación compleja en la que las obras, a final de cuentas, tienen una dosis de encargo, de apología, pero que sin el apoyo gubernamental no se hubieran realizado.

Cierto es que los ojos de entonces ya no son los de ahora, sin desconocer la maestría, la concepción cósmica en la que el trabajo de la mujer y el hombre para la producción cobra una centralidad en la que la estética responde en favor de los olvidados de la tierra.

En la circunstancia presente, cuando el morenismo apela a reproducir un arte oficial, una nueva escuela mexicana, aspirando a tener un partido de 10 millones de afiliados, recordé que en aquellos primeros años, cuando se hicieron los murales, los gobiernos de la Revolución se sustentaron en el apoyo orgánico del maestro rural y el agrónomo, como figuras llevadas al reparto agrario y al desarrollo de la agricultura en un país que pronto incursionaría en un desarrollo preponderantemente industrial. Ahora son “servidores de la nación”.

Para esos campesinos que pintó Diego no hubo una justicia completa, y llama la atención que el aliento universal se diera a partir de lo que se consideró una aurora para la humanidad con la Revolución rusa de 1917, que encabezaron Lenin y Trotsky, éste último desterrado por disidente y crítico de la historia soviética.

Esta vez llegué a la Capilla de Chapingo, hoy conocida como Capilla Riveriana, y me fui tarareando aquello que dice Sabina, “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió”.