Columna

Canadá debe ofrecer a México un trato de pares

En la renegociación del T-MEC México debe jugar un papel estratégico, apoyándose en Canadá. Esto es una obviedad reconocida por todos. El problema para ambos países es cómo hacerlo ante una agresiva política norteamericana que, entre otras características, tiene la particularidad de lo impredecible. Se está a merced del temperamento autocrático de Trump y de sus ocurrencias de difícil, pero peligrosa interpretación.

Esto sucede porque no hay eficaces contrapesos en un país que se caracterizó por tenerlos en el pasado. Hoy la noticia es que Canadá requiere de México, en materia económica y comercial, que haya certezas y seguridad.

Estuvo presente una comisión comercial de capitalistas del país de la hoja de maple, encabezada por Dominic LeBlanc, quien presentó ese par de exigencias que, a su vez, se dividen en muchas otras.

Para nadie es un secreto que las inversiones extranjeras siempre reclamarán un marco que les garantice su reproducción, sus utilidades y dividendos. Es lógico el planteamiento, más como en este caso que está precedido por la firma del TLC que se pactó desde la época del presidente Salinas, y el T-MEC que estará en revisión en los meses que vienen. Incluso desde Washington se ha puesto en duda que ese esquema continúe.

Por eso, la labor conjunta que puedan hacer las economías canadiense y mexicana resulta esencial, pero es importante subrayar que la exigencia gira en torno a las certezas que hoy por hoy no brinda el aparato judicial mexicano, luego de la desastrosa reforma que en sí misma invita a la duda.

También es lógico que si no hay confianza en los árbitros judiciales nadie arriesgará su capital. Aquí no hay solidaridad sino un frío juego de intereses. El otro lado de la moneda es la inseguridad que se vive en las plantas mineras, como la Vizsla Silver, que se ha mostrado terriblemente la tragedia en La Concordia, Sinaloa, que afecta la integridad y la vida de los trabajadores y profesionistas que laboran en esas regiones apartadas en las que la violencia y la extorsión siguen imperando.

Hasta aquí vemos una cara de la moneda. La otra tiene que ver con el cómo se instalan y trabajan en nuestro territorio las grandes compañías mineras de Canadá. Tienen que sopesar y ceder porque su despliegue ha traído severas afectaciones medioambientales, en ocasiones irreversibles, que denotan la práctica de un capitalismo voraz.

En esto prima la regla de do ut des (doy para que des). En otros términos, la bilateralidad que implica una inversión, y más si es del calado de la canadiense en México.

De alguna manera, y luego de tener a la vista el reciente discurso de Mark Carney en Davos, Suiza, es de reprocharle a los inversionistas canadienses que se muestren muy exigentes sin señalar por adelantado sus compromisos, entre países que se convocaron en las propias palabras del gobernante canadiense.

Además hay malestar por el mal trato económico que se da a los trabajadores asalariados y a sus organizaciones sindicales cuando plantean sus legítimas demandas. Duele en el sector laboral de los mineros, por ejemplo, la protección que las compañías canadienses dieron a Napoleón Gómez Urrutia, al que le brindaron el camino para un exilio que se tradujo en impunidad y fraude. Esto también se debe poner en la balanza.

En conclusión, Canadá debe ofrecer a México un trato de pares. Sólo así germinaría una unidad de propósitos frente a Trump que ha venido a romper el orden mundial.