AMLO no sabe ser expresidente
En derredor del ejercicio del poder presidencial se ha escrito mucho. También hay folclor, rescate de la falsa solemnidad y todas las maneras de simulación e hipocresía que median cuando se atraviesa un presidente de la república, más si fue muy autoritario su gobierno y sus pretensiones de trascender.
El tratamiento del tema va del cine a la novela, la anécdota callejera, las disputas de barbería, el barroquismo de burdel, la caricatura editorial, la charla de café y hasta la guasa de cantina.
Ahora que tuvimos un Ejecutivo como López Obrador, que antes de emprender su administración se autocalificaba como el mejor presidente que tendría México, y que mucho se especula sigue gobernando al país desde Palenque, viene al caso referir cómo abordó este tema el escritor Fabrizio Mejía Madrid en su novela Díaz Ordaz: disparos en la oscuridad.
Ahí narra una conversación del Díaz Ordaz expresidente, efímero embajador en España, con el entonces obispo primado de México, Ernesto Corripio Ahumada, con quien se duele de su lejanía del poder. Conversan sobre los excesos de López Portillo y la plática los lleva hasta Luis Echeverría, quien llegó al alto cargo ni más ni menos que por un dedazo suyo.
—Tu amigo Echeverría —sugiere el obispo.
—No es mi amigo. Ese hijo de la chingada no es mi amigo: yo acepté la responsabilidad por Tlatelolco, pero nunca la culpa (…). Echeverría se lava las manos y hace un minuto de silencio “por los caídos” —contesta dolorido Díaz Ordaz.
El clérigo le dice que “esa agua ya pasó bajo el puente” y agrega: “Es divertido ver cómo los expresidentes siguen haciéndose guerritas porque extrañan el poder absoluto. Por eso siempre será mejor tener un Papa hasta que se muere. No hay expapas. Son muertos.
No tengo dudas de que López Obrador extraña el poder. Es lógico. Pero no sabe ser expresidente.


