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Hoy rinde burocrático informe el presidente del Supremo Tribunal de Justicia en Chihuahua. José Miguel Salcido Romero adelantó en una entrevista lo que luego se escuchará en el Pleno, el conjunto de los invitados, porque hay que decirlo: ahora a estos eventos se les adosa de una frívola parafernalia. En esencia no tiene nada qué informar que sea relevante para el estado constitucional en Chihuahua, y lo que nos adelanta es el presagio de que a los políticos duartistas les encanta decir sólo lo que sus oídos quieren escuchar.

Salcido Romero es un presidente impuesto de la manera más tosca por el cacique Duarte, y ya en el cargo, el orquestador de un golpe letal a la autonomía del importante Poder Judicial garante del Estado de Derecho. Se enorgullece, al menos confiesa que lo que más regusto le ha causado, de haber removido trece magistraturas y no dice que ese hecho fue para postrar al poder que indebidamente representa, pues los nuevos titulares son producto del compadrazgo, las cuotas partidistas, pago de facturas electorales, ubicación de personajes a modo para resolver litigios, y sólo en algunos casos a personas con carrera judicial probada, como para taparle el ojo al macho, como se dice coloquialmente.

Fuera de eso, que en realidad no constituye ningún informe, mucho menos una adecuada rendición de cuentas, no tiene nada de qué estar orgulloso el actual presidente, porque la administración de la justicia sigue padeciendo, y ahora de manera más grave, los mismos abusos de siempre: sentencias dictadas por consigna, amiguismo, clientelismo electoral y la más abyecta sumisión que priva de decoro a un poder que debiera ser de jueces y magistrados libres.

El presidente Salcido, traidor por naturaleza, recurre a una fraseología del engaño cuando nos habla de la aplicación de “reingenierías” que no vienen al caso por ser términos que poco tienen qué ver en rigor con la administración de justicia. Abunda en lo que para él es un logro: la conclusión de la llamada Ciudad Judicial, costosa, innecesaria, antiurbana y sobre todo no prioritaria, salvo para la casta burocrática que se beneficia de los contratos de obra pública.

A un Poder Judicial no lo hace un edificio, un lujoso escritorio, el mármol de sus columnas, sino la existencia vital de jueces y magistrados sabios y libres para resolver en justicia los intereses que los justiciables ponen en sus manos. El oscuro personaje que ocupa hoy la presidencia del STJ se envanece de impulsar el programa “Soy legal” y pasa por alto que no tiene cara para pronunciar esa frase, cuando su ascenso a la presidencia constituye una violación a la letra y el espíritu de las leyes constitucionales que definen al Poder Judicial como algo que hoy no es: precisamente el refugio incorruptible del Estado de Derecho. Si algo podemos decir de Miguel Salcido es que da justo la medida de un presidente al gusto del cacique Duarte al que sirve y aplaude.