Columna

De la suave patria al rasposo cabaret

Pareciera algo distante, pero la vida y obra del vate zacatecano Ramón López Velarde ha de importarnos a todas y todos los mexicanos. No sólo por ser considerado el renovador, el padre de la poesía mexicana moderna; tampoco por haber escrito el célebre poema La suave patria; vaya, ni siquiera por haber sido el sucesor de José Vasconcelos en lo que fue la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, aunque fuera por solo cuatro días, durante el no menos efímero gobierno provisional de la Convención de Aguascalientes.

López Velarde es importante porque todo lo anterior es la suma de una vida intensa –corta, pues murió a los 33 años– dedicada a prodigar su amor por su tierra y su país. En La suave patria está consignada esa declaración de amor y desde él prodiga elementos de la identidad y el folclor nacional, del sincretismo y el mestizaje de la mezcla de las culturas indígenas y española, “celebrando la vida diaria, el trabajo y las costumbres de su gente”, “lo cotidiano sobre lo épico”, según reconocen biógrafos y estudiosos del modernismo impreso en sus letras.

Ese solo poema, aunque abundan más de la lírica del jerezano, tienden a la unidad, a la paz y la esperanza de una nación dividida a la que le urgía sanarse en la reconciliación, luego de la Revolución mexicana de esos años de principios del siglo XX.

Pues bien, todo eso no pareció importarle a la polémica Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, cuyas instituciones culturales un buen día decidieron aprovechar las remodelaciones que hacen a la casa donde vivió sus últimos años el también llamado “poeta nacional”, para cambiarle el nombre e instalar un cabaret.

Brugada, quien recientemente reculó por la “ajolotización” de la CDMX, violando con sus pinturas las normas oficiales de la señalética dispuesta para los espacios públicos, ahora tiene un nuevo frente contra la comunidad artística e intelectual de la capital del país.

Insisto, pareciera que es un tema que no nos incumbe, pero ignorarlo nos llevaría a soslayar el tema casi del modo en que lo ha hecho Clara Brugada, quien ha ido dando tumbos en sus decisiones de cara a las protestas iniciales.

Todavía ayer la comunidad cultural del centro del país había convocado a una protesta frente al edificio, declarado monumento histórico y artístico por el INAH, ubicado en el número 73 de la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma, para revertir una nueva decisión del gobierno de la ciudad.

Primero se le quiso cambiar el nombre que ya tenía, Casa del Poeta Ramón López Velarde, por el de “Casa de las Palabras”, bajo el argumento de “dejar atrás los genéricos masculinos como denominadores únicos de espacios culturales”. 

Bajo esa lógica, entonces habría que modificar un montón de centros culturales, no sólo en la Ciudad de México, sino en el resto del país, si es que la idea de Brugada llegara a inspirar a otros gobernantes de MORENA, como ya lo han hecho en algunos municipios gobernados por ese partido, donde han sido cambiados los nombres de calles y colonias por denominaciones surgidas del capricho y que tienen relación directa con la llamada Cuatroté. “Tren Maya”, “Tianguis del Bienestar” son algunos de los nombres impuestos en 2021 en el municipio de Tultitlán, Estado de México, gobernado por una profesora de MORENA, quien fue además secretaria de Educación en el gobierno de López Obrador.

Y la memoria de Ramón López Velarde está a punto de correr la misma suerte. Ante las primeras protestas, el gobierno de Brugada anunció que se cancelaba el proyecto; después dijo que no se cambiaría el nombre; luego que sí conservaría el de “Casa de las Palabras” pero que le adosarían el nombre de López Velarde. Enseguida se supo que modificarían los espacios de la casona para instalar un “cabaret público” y que esta pretensión seguía en pie, al menos hasta el día de ayer.

No es un asunto de moral, y menos, mucho menos, de moralina alguna. El tema es cómo la Cuatroté, en aras de sostener su espíritu falsamente transformador, quiere poner su sello en cuanto espacio e institución encuentra a su paso. Es algo que hemos estado padeciendo desde hace ocho años. 

Coincido con quienes saben que la casa de López Velarde es un bien de todas las mexicanas y mexicanos, y desde tierras norteñas no puede uno menos que sumarse a la inconformidad de quienes se oponen al proyecto de doña Clara, quien, como Doña Blanca de la ronda infantil, parece estar cubierta de pilares de oro y plata y sólo hace falta que alguien rompa un pilar para ir a verla y reclamarle de frente sus envanecidas decisiones. Habría que esperar hacia dónde se definen estas marrullerías.

Por último, quién podría regatear, a la luz de los poco más de cien años de su publicación, y en el contexto actual, estos versos de La suave patria

“Como la sota moza, Patria mía, / en piso de metal, vives al día / de milagros, como la lotería”.