Cuando el injerencista Morrow dijo abrir las iglesias en México
Lesley Byrd Simpson fue un observador del siglo XX mexicano. En su libro Muchos Méxicos, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1977, la propia editorial reconoce que el autor era amistoso, lector de cuanto se publicaba sobre México y que era un viajero en la república donde conversaba con gente de abajo, campesinos, profesores de escuela, taxistas, camareros de hoteles y restaurantes, en fin, pueblo raso.
La obra del historiador norteamericano, quien también fue militar y profesor, resaltó algo de lo cual siempre debemos estar claros los mexicanos: no hay un solo México, sino una multiplicidad étnica y cultural, diseminada por toda la geografía nacional.
En la obra de referencia, escrita con sencillez y con un lenguaje coloquial y ameno, nos habla desde las tiranías, pasando por Hernán Cortés, algunos virreyes, tumultos del pasado, la pierna de Santa Anna, las figuras de Hidalgo, Juárez y Porfirio Díaz, hasta desembocar en el fenómeno que él cataloga como el “despotismo ilustrado mexicano”, que si viviera, sólo le restaría lo de “lustrado”.
Ahora que está en boga el tema de la soberanía y el injerencismo, vale la pena recordar la narrativa que nos brindó el autor sobre el conflicto religioso de hace un siglo entre la Iglesia Católica mexicana y el Estado encabezado por Plutarco Elías Calles. Por aquel entonces llegó a México Dwight Morrow en calidad de embajador personal del presidente norteamericano Calvin Coolidge.
Según Simpson, a Morrow se le achacó ser socio del banquero J. P. Morgan, judío de origen, y a pesar de eso contó con el apoyo del padre John J. Burke y algunas organizaciones católicas. Estos dos personajes se reunieron con Elías Calles en San Juan de Ulúa y el sonorense logró seducirlos, mostrándoles que no era el diablo sino el presidente, para que contribuyeran a un armisticio con los cristeros.
El embajador personalmente intervino; es decir, tomó injerencia en el conflicto religioso y puso su parte para la solución, siempre atento a otros intereses, preponderantemente económicos, que también traía en cartera, entiéndase el petróleo.
Cuenta el autor que cuando se firmó el acuerdo con los cristeros, el 27 de junio de 1929, contando con la bendición papal, Morrow se encontraba en Cuernavaca y escuchó el estruendo cuando se abrieron las iglesias con ensordecedores campanarios que se pusieron en acción.
Dice Simpson que Morrow le comentó a su esposa: “¡Betty! ¿No oyes? ¡He abierto las iglesias de México!”.
Así es el ancestral injerencismo tolerado en nuestro país.


