Mañanera mata diplomacia
En temas diplomáticos nacionales no tiene caso ahondar mucho porque el desempeño que tiene el gobierno federal, en especial la Presidencia de la república y su cancillería, está por los suelos. Pasa por su peor momento a partir de que el antecesor de la señora Sheinbaum expresó la absurda tesis de que la política exterior se iba a definir desde la interior, como si estuviéramos allá por el siglo XVII.
Para qué hablar de la destreza diplomática, si nuestros embajadores se designan sólo por lealtades personales o canje de favores, como ha sucedido con algunos exgobernadores del PRI, que hoy representan al país en importantes capitales del mundo.
El artesanado con que se ha manejado esto se evidencia con el fracaso del anterior canciller, Juan Ramón de la Fuente, o la prórroga indefinida que le otorgó la presidenta a Esteban Moctezuma ante el gobierno de Washington.
Para qué recordar los manuales que se derivan de los acuerdos de Viena, y menos caer en la trampa oficialista de cantar un día sí y otro también la letra de una canción llamada “soberanía” que realmente ya ni a retórica barata llega.
Lo último que tenemos es el pronunciamiento de Claudia Sheinbaum en contra del embajador norteamericano Ronald Johnson, a quien le llamó la atención para que no opine sobre asuntos internos de México. La buena diplomacia recomienda que un pronunciamiento de ese tipo lo haga el canciller, por aquello de que tenga que retractarse para no dañar la investidura presidencial.
Pero aquí todo ha cambiado. Mañanera mata diplomacia.
Las buenas carreras del servicio exterior, tanto nacionales como propias de otros países, están a la vista de quienes trabajan en este delicado oficio. Cumplen con todas las reglas de uso de lenguaje, de la secrecía, de las reglas del ceremonial, de la discreción, para no decir más de lo que se tiene que decir, o ponerse ausentes del protagonismo. También para mentir con apariencia de verdad y hasta practicar con destreza la hipocresía. No es fácil ser diplomático.
Estados Unidos ha tenido embajadores insolentes, majaderos e intervencionistas. Baste recordar a Joel Roberts Poinsett, que hasta el nombre de la Nochebuena nos robó, porque en otras partes se le llama “poinsettias”. Quepa la digresión para mencionar que José Fuentes Mares le dedicó una biografía que vale la pena leer, más allá de las discrepancias regionalistas que en Chihuahua se puedan tener al respecto.
Poinsett se caracterizó por intervenir a sus anchas durante los primeros tiempos del México independiente y utilizar las logias masónicas para decidir asuntos del Ejecutivo mexicano recién inaugurado. Llegó bajo el sello del Destino Manifiesto y sirvió a sus jefes con arrogancia y racismo.
Me brinco a Dwight Morrow, quien fue todopoderoso embajador de los Estados Unidos durante el gobierno de Plutarco Elías Calles e influyó en la Guerra Cristera, que hoy conmemora 100 años; también intervino en la fundación del PNR, ancestro del PRI, y hasta marcó con el muralismo en el Palacio de Cortés, en Cuernavaca, Morelos, una interpretación de nuestra historia bajo el pincel de Diego Rivera, comunista, por cierto.
Y de ahí viene el último brinco a Ronald Johnson, el embajador actual, el toro de lidia al que se enfrenta con sus pequeñas banderillas la presidenta Sheinbaum.
En tiempos de Trump lo lógico es que sus embajadores, en todas partes, pretendan actuar como cónsules romanos, atendiendo exclusivamente los dictados del gobierno al que representan. Eso es así en tiempos en los que los principios constitucionales y el derecho internacional le importan un bledo al planetarca y a sus representantes en los estados, más donde se puede confundir el discurso con una versión colonialista.
Es del todo comprensible que el Estado mexicano ponga límites, que lo haga con la maestría de la buena diplomacia, con un lenguaje adecuado y refinadamente contundente, porque es muy delicado referirse a que el embajador no opine sobre política interior en momentos en los que la economía mexicana forma una conexión con la norteamericana, justo cuando se está procesando el T-MEC, y en medio de la calamidad de la delincuencia organizada, el lavador de dinero y el tráfico de armas, que representan un fenómeno global. Estos tiempos obligan, pues, a un desempeño eficaz, que no vemos en el discurso de la vana confrontación que pretende la presidenta.
Pero no sólo eso. Paradójicamente ella se comporta injerencista en asuntos estrictamente políticos de otros estados latinoamericanos, y no reconocerlo es evidenciar mucho más una especie de esquizofrenia que muestra dos personalidades: una, que se exhibió el pasado domingo en un mitin; y otra, claudicando un día después, cuando responsabilizó, en abstracto, de las agresiones a México a una ultraderecha norteamericana, excluyendo a Trump, como si este no liderara a esa ultraderecha. Y luego, para enmendar la plana, le lanza en tono de diatriba una advertencia al embajador Johnson.
La llamada Cuatroté que dice apoyarse en lo mejor de la historia de México, debiera tomar como ejemplo las cartas que Benito Juárez le dirigió a los intervencionistas franceses. Hay agudeza, y sobre todo congruencia. Pero eso es pedir peras al olmo.


