Columna

El apando de Revueltas

José Revueltas publicó El apando en 1969. En esta obra está la experiencia del comunista que sufrió la persecución del Estado mexicano y las prisiones a las que se le sometió por causas eminentemente políticas. 

En esa corta novela fue pensada y escrita en la cárcel de Lecumberri, donde se encontraba el autor por haberle imputado, en calidad de autor intelectual, el Movimiento Estudiantil de 1968. 

Es una obra que estruja todos los sentidos y concentra en su exposición la miseria humana que se da en espacio y tiempo, reducido a la celda del abusivo castigo carcelario interno, expresando todas las tensiones que se establecieron en los tiempos del autoritarismo mexicano extremo entre el preso vigilado y los malvados vigilantes que abusan de todo, al final sin destruir la dignidad humana porque esta no tiene precio.

En la novela encontramos el dolor que se padeció en el llamado “palacio negro” de Lecumberri, hoy sede del Archivo General de la Nación. Pero no nos hagamos ilusiones, ese palacio desapareció pero fue sustituido por otros a los que ahora se les suman tecnologías para someter aún más al que cae en cautiverio penal. 

Se trata de una novela de obligada lectura, de lenguaje fuerte y que conduce a situaciones límite, no porque algunos no las padezcan y puedan superarlas en las cárceles mexicanas de hoy. En la obra hay personajes que viven en la estrechez biológica, pero que son como las almas muertas presentes en la narrativa rusa que tanto influyó en la obra de José Revueltas.

Esta columna quiere hacer hoy un breve anuncio para invitar a la lectura del autor, y finaliza con dos notas: 

Una: esta obra fue llevada al cine por el director Felipe Cazals en 1976, época dorada del PRI, y con actores de primera línea como María Rojo, Salvador Sánchez, Manuel Ojeda y José Carlos Ruiz, el famoso Carajo, entre otros, y el drama en la cinta brota exorbitante pero muy bien tratado por el director.

La otra: hace referencia a la obra revueltiana en general que no fue del gusto de los sensores comunistas que la condenaron valiéndose de argumentos nulos, sectarios y dogmáticos, al señalar a Revueltas como “no marxista”, “adicto al existencialismo” y otras lindezas. 

Quienes lanzaron estos denuestos fueron en su inmensa mayoría personajes de segunda línea. Pero el absurdo se hizo mayor cuando el poeta chileno y posterior Premio Nobel de Literatura, Pablo Neruda, también se sumó al coro de los inquisidores. Dijo el autor de Los versos del capitán

“Acabo de leer un libro de José Revueltas. No quiero decir cómo se llama. Para algunos de los que están aquí, este apellido Revueltas puede no tener significado. Pero para mí la tiene, y muy grande. Es el nombre de una dinastía del pensamiento americano, es el nombre de una familia del pueblo que ha traducido en alto lenguaje en la pintura, en la literatura y en la música las victoriosas luchas de su noble pueblo. Y hoy ese nombre me trae en las páginas de mi antiguo hermano en comunes ideales y combates, la más dolorosa decepción. Las páginas de este último libro no son suyas. Por las venas de aquel noble José Revueltas que conocí circula una sangre que no reconozco. En ellas se estanca el veneno de una época pasada. Con un misticismo destructor que conduce a la nada y a la muerte”. 

Así, la opinión del chileno, al más puro estilo del Santo Oficio.

La obra a la que se refería Neruda es Los días terrenales (1949). Y lo que son las cosas, pasó el tiempo y José Revueltas dedicó su novela El apando a Pablo Neruda, que se comportó ciego y se puso de rodillas ante el dogma comunista que llevó a la servidumbre.