Francisco Barrio compartió su profundo malestar con el Partido Acción Nacional. El motivo no es para menos: durante el pasado Consejo Estatal se informó de la absolución de los responsables del fraude electoral en el proceso interno para nominar senadores en 2012. Los que cometieron las reprochables conductas están así, no sólo en la impunidad completa, también continúan como prominentes miembros de Acción Nacional, en la ilegalidad como conducta ordinaria. El exgobernador pone signos de admiración a la frase de no creerlo, de alguna manera, que el hecho no cabe en su cabeza, que avergüenza, afirmando que la responsabilidad de sancionar esas conductas simple y llanamente no existió, a contrapelo de que el mismo Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación confirmó anular los bochornosos actos que quedaron a la vista de todo el país. Le pone nombre y apellidos a las instituciones remisas: el Comité Directivo Estatal y el Ejecutivo Nacional, que no impugnaron para la restauración del orden jurídico-estatutario interno. Pero, con buena vocación política, Barrio no se arredra y nos dice a todos que hay mucho por hacer por los panistas que tienen un compromiso con el bien común.

Quizá, para empezar por orden, desterrar la lenidad, esa blandura proverbial que existe en México cuando se trata de exigir el cumplimiento de los deberes, y más cuando hay que castigar las faltas. Esa lenidad –no busco el consuelo de los tontos– es un mal de muchos: está dentro del Estado y sus gobiernos; en los partidos, sin excepción, alcanza mayúsculo rango; las iglesias no se salvan, los sindicatos tampoco, y en el ámbito de las oenegé, después de una cernida, muy pocas quedarían trabadas al cedazo. No es mi pretensión tratar de encontrar las causas de este terrible mal, sí subrayarlo, porque eso deja lecciones interesantes y a tomar en cuenta.

Hay un primer apartado que tiene que ver con la estructura partidaria y la cultura política donde se mueve. En la primera, el ciudadano común y corriente, afiliado o simpatizante, carece de recursos que, traducidos en sentencias inexcusables, demuestren que la democracia es algo más que las simples ambiciones mezquinas de los políticos. De nuestra cultura qué decir, si ésta se decanta en máximas tan lejanas al ideario de católicos como Gómez Morin o de Efraín González Luna, prominentes miembros de la derecha y padres fundadores del PAN, como aquella que reza: “el que no transa, no avanza”. Pero no es infrecuente que busquemos las causas de las desventuras fuera del ámbito de las responsabilidades personales. Se hace creer a otros que el que se hunde en el torbellino de estos fraudes se escuda en la ley, que no le tocan los reproches ni el establecimiento de límites que la propia autonomía individual establece muy claramente cuando se actúa con responsabilidad, más si estimamos que quien aspira a un cargo de elección popular forma parte de un partido y un régimen de partidos que en principio –sólo en principio– desean fortalecer y consolidar la democracia, que jamás existirá en ninguna parte cuando hay votos malhabidos.

En este momento este texto quizá avanza, quizá retrocede, en términos de lo político, hacia el individuo, la persona, el ciudadano. Quiero decir que por el elemental pudor que debe existir al presentarse a pedir un voto, hay que luchar contra uno mismo y contra todo cuando son los fines los que vienen en auxilio a justificar los medios. En palabras de José Alfredo Jiménez, hay que saber llegar. En este sentido, muchos panistas destacados que lucharon admirablemente contra el autoritarismo, se desentendieron de que la libertad es una batalla permanente de la que somos escasamente conscientes. De ahí que es encomiable el pronunciamiento de Barrio, apelando al compromiso con el bien común, aristotélico y tomista, filosofías que, como se sabe, están en mis desafectos. Es el problema de la pasta humana y de la política en la vertiente que inauguró Maquiavelo, y lo señalo en el buen sentido, de creador renacentista de la ciencia política, de los buscadores del poder que se deslavan para privilegiar sus ambiciones sin más, desdeñando que el partido político es una convención de propósitos compartidos. De ellos habla el famoso tango Cambalache.

Ubicados en la arena mexicana y no sólo en la que tiene que ver con el PAN –pero a él le toca de manera particular–, tenemos que decir que los quilates, de los muchos que integran su clase política, ya no piensan bajo los cartabones de quienes fundaron el Partido Acción Nacional aquel 14 de septiembre de 1939, durante las postrimerías del gobierno del general Lázaro Cárdenas, al que combatían y acusaban de tiranía. Hoy las reglas son otras y quizá, como lo ha sostenido Nir Baram, gran novelista israelí contemporáneo, sólo se trate de esas buenas personas de las que se puede decir: “No hay nada que hayas aprendido, no hay nada en lo que creas, no hay ninguna cualidad que hayas heredado o con la que te hayas hecho, no existe absolutamente nada en ti de lo que no vayas a ser capaz de deshacerte en un abrir y cerrar de ojos con tal de sobrevivir”. El mismo autor remata con esta frase: “Y después, en casa, te parecerá que los has soñado”. Creo que tanto Cruz Pérez Cuéllar como Carlos Borruel roncaron en un colchón que les permitió creer que los sueños, sueños son, y que ya basta de vivir de las glorias del pasado.

Pero si hablamos de impunidad, de restitución de valores, ordenados por fallos inexcusables, no perdamos de vista que la reposición de la elección de candidatos senatoriales hubiera sido la mejor opción, habría colmado la congruencia entre principios y derechos con ambiciones y pretensiones, y el agravio habría sido restañado. No fue así como mi distante amigo Javier Corral llegó a su escaño actual. Entonces quedó un mal sabor de boca, un malestar con una política partidaria que a final de cuentas terminó por sustituir a los que tienen el derecho a elegir a sus abanderados. Lo digo consciente de su excelente calidad parlamentaria, de sus aguerridas batallas contra los monopolios mediáticos, de su flexibilidad para sostener luchas que a sus correligionarios les parecen heterodoxas pero que son honradas por responsables: en la coyuntura, su postura en torno a la reforma energética; en el pasado, su oposición al desafuero de López Obrador.

Muchas veces me he preguntado el por qué no impera el Derecho al interior de los partidos, por qué se conculcan los principios profesados públicamente. Lo pienso como militante que fui del PRD y creo, estoy convencido –perdonen que me vaya de largo señalando otro autor, el gran Tocqueville–, que lo hacen por miedo, en gran parte, por no verse en el papel de que a cada paso se tiene que estar partiendo en dos al niño de Salomón, destruyendo así una estructura eficaz de poder y privilegios. Contemporizan con el cáncer de la impunidad. El autor de Democracia en América nos recordó ya hace muchos años: “En política el miedo es una pasión que a menudo aumenta a expensas de todas las demás”. Pero aún es más grave cuando pone énfasis en otra enseñanza: “Se tiene miedo de todo cuando ya no se desea nada con ardor”. Haber ocupado el poder, desperdiciado la alternancia del 2000, pensar que la brega de eternidad se había agotado en dos sexenios, hundirse en los vicios que se acusaron, recurrir al fraude y a la impostura en 2006, nos habla de un miedo a perder privilegios y se convierte a la democracia, al Derecho y hasta al bien común, en un deseo que antaño se quiso al alto precio de un ardor que cegó vidas, encarceló opositores, canceló voluntades ciudadanas y, a la postre, pospuso la construcción de la democracia en este país, ya no sé por cuánto tiempo. A la vera de este camino se impuso la perpetuación de un lenguaje que quizás, idéntico en los términos, había sido abandonado, postrado en el olvido.

Los tiempos del PAN ya no son aquellos cuando González Luna declinó la candidatura presidencial para la elección de 1940, propuesto por Gómez Morin. Ya es extraño encontrar como norma partidaria que un notable militante se declare a sí mismo como soldado raso. Ahora el poder, los cargos, el glamour, los intereses, la corrupción se atravesaron. Son un dique que traspasa al PAN, continúa en el PRD y va a llegar también al presuntamente incorruptible MORENA. El daño viene de lejos, está en la cultura dominante (a la hora fundacional de AN, Carlos Sisniega, chihuahuense, denostó a los logreros, de los que hay muchos ahora en las filas) y si al PRI parece no afectarle es porque ha hecho del cinismo la escuela más grande de la política, a la política a la que la lenidad le hace más daño que el peor cáncer a un débil cuerpo humano.

Así las cosas, si esta vorágine no termina, como dijo Baram, “a las personas que crean en ideas importantes las encerrarán en unas instituciones para alejarlas de la sociedad”. Quizás una poderosa presidencia, un Congreso, una gubernatura y, por qué no, hasta el más miserable de los ayuntamientos.

Cuánto valen las palabras que un día el recientemente fallecido José Emilio Pacheco le dirigió al impostor Manuel Espino: “La política fue inventada para civilizar la discordia”. La lenidad para atizarla.