Se concreta la reforma del desquite
Aunque la iguana vive en Palenque, Claudia Sheinbaum y su nuevo plan reformista quiere comunicar de qué lado masca. Lo primero que se puede subrayar de la enmienda electoral, conocida ahora como “Plan B”, es que se trata simple y llanamente de una venganza, de demostrar que con cuando se pierde se arrebata, que se tiene una mayoría, y que organismos como el PT y el Verde son instrumentos que se controlan saciándoles mezquinos intereses.
Tres aspectos llaman la atención de la iniciativa presentada en el Senado en las últimas horas. En primer lugar, la agresión al régimen interior de los estados, en abono de un centralismo desbordado que, de continuar, terminará destruyendo la definición federal del Estado mexicano; en segundo, el afán de desvirtuar el sentido esencial de la revocación de mandato, empalmándolo a un proceso electoral que sólo los ciudadanos pueden decidir en su oportunidad y no al capricho de que aparezca el nombre del presidente de la república en la papeleta electoral para catapultar a los candidatos de su partido; por último, esa insistencia de que nadie puede ganar más que el titular del Ejecutivo federal.
Vayamos por orden. La federación, que se fundó en 1824, con todo lo irrisoria que fue al principio y lo desdibujada que llega al momento actual, se finca en respetar el régimen interior de las entidades que la integran. Los estados, una vez que salvaguardan los principios democráticos, representativos, laicos y propiamente federales, pueden autogobernarse a partir del diseño que su autonomía pueda dirimir y legislar.
Con la reforma, y aparentemente justificados los motivos, se da un intervencionismo desmedido que a la postre puede derivar en la implantación de los departamentos que tanto fueron del gusto de Antonio López de Santa Ana y el conservadurismo mexicano del siglo XIX.
No es que esta columna sea ajena a la crítica de lo que actualmente tenemos, que es una vieja herencia que ha lastrado al país. En largas épocas el federalismo ha sido una máscara más desde la que se esconde el rostro del poder central, imponiéndose de manera incontrastable. Todo esto es cierto, como también lo es que con la reforma que propone la señora Sheinbaum no se remedia el problema.
Porqué mejor no dejar a las legislaturas, algunas mayoritariamente en manos de MORENA, que reformen el constitucionalismo local y adopten lo que a cada circunstancia convenga. Es cierto, además, que en los congresos locales se ha abusado del patrimonio público, que en infinidad de casos no juegan ningún papel relevante, que se ha engordado la clase política. Pero todo ello puede ser resuelto desde el balcón local.
En perspectiva, el peligro que amenaza este aspecto es la voracidad del centro, desoyendo el viejo consejo de Emilio Rabasa de que aquí en México el poder mayor siempre aspira a devorar al menor. Al respecto hay que tomar en cuenta los dientes que exhibe la tendencia dictatorial de MORENA.
Por otro lado, la revocación del mandato es un derecho de la ciudadania que debe estar sometido a plenitud a la libertad de esta y no del poder. Claudia Sheinbaum presume que tiene un alto nivel de popularidad. Entonces, cabe preguntarse qué necesidad tiene de que la propale con la vehemencia que mostró su antecesor, si no es para apalancar a su propio partido y a sus candidatos en consultas electorales en las que no está a debate el poder presidencial establecido.
La revocación de mandato no tiene caso cuando se decreta su realización de oficio, sino cuando, conforme a la ley vigente, la invoque un número calificado de ciudadanos. Aquí la trampa es más que obvia e introducirla en la reforma es buscar un problema donde no lo hay. La presidenta se empeña, en momento difícil por la escena internacional, en ahondar la polarización social, y por ende quebrantar la unidad nacional.
Finalmente, fijar como metro irrebasable el salario del titular del Poder Ejecutivo de la Unión es un claro mensaje de que en la cima de la pirámide está prácticamente un monarca sexenal. Claudia Sheinbaum quiere que comulguemos con una rueda de molino. El poder del presidente no está en su remuneración; de otro modo hay que tomar en cuenta que tiene a su servicio, por señalar unos cuantos aspectos, toda una burocracia de cientos de miles de funcionarios: al Ejército, la Marina y las Fuerzas Aéreas; un partido hegemónico; gobernadores y alcaldes a granel; el Palacio Nacional como aposento, y mucho, mucho más.
Estamos en presencia de una reforma inútil, polarizante, vengativa y corruptora, que siembra la desconfianza en el poder.


