Noroña: soy mural, luego existo
Uno de los más grandes daños que se ha autolabrado la izquierda es el problema del culto a la personalidad. Personalidad que no llega a un mural, al bronce o al mármol no existe. Y si ese culto se rindió a figuras de gran talla como Stalin, Mao, Fidel, y entre nosotros López Obrador. Suelen ser estos personajes del corte de los dictadores.
Pero es una enfermedad que se propaga –más contagiosa que el Covid– entre los seguidores menores que la izquierda les cargaba el moto de “epígonos”.
Aquí en México tenemos un caso de absoluta patología. Se trata de un senador plurinominal que piensa que por haber estado unos meses en la presidencia de la Mesa Directiva del Senado ya merece la inmortalidad.
Lo mismo hace que periodistas se desdigan de las críticas que le lanzaron, que enfadarse cuando alguien le expresa una mínima e intolerada discrepancia y, por supuesto, que se considera en la cima de la historia, que hasta cree que algún día va ser presidente de la república.
Se trata de Gerardo Fernández Noroña, quien en ceremonia oficial, en enero pasado, develó su propio retrato en una área del Senado, por el simple hecho de haber sido presidente de la Mesa Directiva, de una Cámara que estaba bajo la férula de Adán Augusto López, entonces el verdadero jefe.
Noroña está como los perros que tienen que marcar territorio. Con eso, y por ahora, sacia el propio autoelogio y su culto a la personalidad.
El mal no queda ahí. Inexplicablemente tiene muchos seguidores que alaban esto y mucho más, entre ellas Andrea Chávez.


