Columna

La diplomacia ya parece cosa de arqueología

Si el desprecio absoluto por el derecho internacional, inaugurado por Donald Trump, llega a consolidarse en un nuevo orden mundial orientado por la barbarie, la diplomacia pasará a ser un objeto de la ciencia arqueológica. Algún día se dirá que fue una pieza clave para el entendimiento entre naciones civilizadas, o que aquella famosa Convención de Viena dictó reglas que, mal que bien, se cumplieron.

Las relaciones internacionales hoy crujen cada vez que el presidente norteamericano decide caprichosamente afectar a alguna zona del planeta. Llegamos a este punto porque la vieja era de los imperialismos ha resurgido como no imaginábamos, y ya cualquier jefe de estado de potencia importante quiere dividir el mapamundi para favorecer sus propios intereses de manera aberrante.

En esta línea de insaciable destino, ya que nunca lograrán el cien por ciento de lo que pretenden, se inscriben líderes mundiales como el ya mencionado Trump, o Putin, Xi ji pin y Netanyahu.

Otros líderes con gran potencia, o cabezas de estados de fuerza media, como los de Canadá, India, Francia y Alemania, hoy se están lamentando de lo que no hicieron a su tiempo por la larga alianza y obsequiosidad que tuvieron hacia los Estados Unidos, al que consideraron el policía mundial que siempre los iba a proteger y que ahora sufren todo tipo de desprecios y amenazas.

Países como México, que antes había tenido una política exterior con mayor visión y profesionalismo, abandonaron alianzas, desistieron de acuerparse en países no alineados o simplemente congruentes con una defensa de la soberanía más allá del uso retórico del concepto. Hoy se pagan las consecuencias.

También empezamos a ver un bilateralismo que no conduce a mostrar fuerza frente a Washington, y el ejemplo es la Europa de hoy. Esta importante parte del planeta, con un desarrollo industrial de primera, con 450 millones de habitantes, empieza a disgregarse sin tomar como fortaleza a los dos grandes países continentales llamados a jugar un rol de primera en estos tiempos, como Alemania y Francia, y a final de cuentas, todos en su conjunto.

Hoy resulta ingenuo pensar que a partir de estos jefes de estado va a brotar una alternativa que le ponga freno y contrapeso al trumpismo. La respuesta se empieza a desplazar hacia el gran conjunto de elecciones que habrá a lo largo del próximo lustro, apostando porque las diversas ciudadanías eleven a los cargos a políticos con una alta complexión de estadistas, lo que hoy no tenemos a la vista. La pasta de que estuvieron hechos un Roosevelt, un Churchill, un De Gaulle, resulta extraña, aunque esto parezca una añoranza de tiempos idos.

Hoy políticos como Emmanuel Macron, Giorgia Meloni o Friedrich Merz han quedado comprometidos por sus viejas alianzas y también por una angosta defensa de sus propios intereses. Inglaterra es un león desdentado. Países como India y otros que no viene al caso mencionar, han sido abrazados por el populismo, lo que ha perjudicado una visión fincada en el derecho internacional; o como la que tuvieron personajes como Neru, en el siglo pasado.

La política exterior de la presidenta Claudia Sheinbaum en nuestro país está fincada en señalar que es de sangre fría, reflexiva, pero que un día recibe un halago de Trump y otro un pellizco monumental, como con el que amanecimos el día de hoy al anunciarse la restricción del espacio aéreo en la zona aledaña a El Paso, Texas, de manera inexplicable, precisamente porque no hay una apuesta por la diplomacia, en este caso por la atrabiliaria conducción del sátrapa Donald Trump.

Por eso digo que a la diplomacia la están convirtiendo en una pieza de arqueología. Y qué podía esperarse, si el derecho internacional fue lanzado al cesto de la basura.