Asistí ayer 12 de noviembre al debate sobre el plebiscito en Chihuahua. Fui testigo de la derrota que sufrieron los representantes de la administración municipal de María Eugenia Campos Galván. Desde luego se trata de un episodio de un complejo proceso que concluirá, en una de sus fases, el próximo 24 de noviembre, día de la consulta. 

La calidad con que se haga el plebiscito de aquí en delante, determinará el quehacer de los días subsecuentes y la posible batalla en el Congreso local. 

Los cinco jóvenes que defendieron el NO, aparte de la profundidad de sus argumentos, tocaron una fibra profundamente sensible: la falta de respeto por los ciudadanos y las personas que caracteriza, más allá de las apariencias, a la administración panista de Chihuahua. Se puso al descubierto que esta administración es imagen patrocinada y maquillaje y plasticidad. Todo lo contrario del fundamentalismo religioso que transpira la alcaldesa. 

Hubo un hecho lamentable. El auditorio “Cruz Miramontes” de la Facultad de Derecho de la UACH fue ocupada policialmente por la fuerza pública del municipio con barreras de acero, patrullas y agentes armados adentro del recinto de la universidad y de la propia facultad. A tal grado llegó la desmesura que se obligaba a los asistentes a pasar por detectores de metales, como si se tratara de una zona de altísimo riesgo, cuando en realidad los que asistimos íbamos a escuchar un debate. El IEE no debió haberlo permitido, la universidad mucho menos. 

Este es el temor que se tiene a debatir las ideas que denota ausencia de construcción de ciudadanía y nulo fortalecimiento a la vida democrática. En lo particular no permití revisión alguna, no iba a atentar contra nadie, y al salir ahí comprendí el miedo a la libertad que padece María Eugenia Campos Galván.