Columna

¡Cállense! Los nuevos rostros de la censura en un libro de Musacchio

Todo un acierto de Humberto Musacchio y de la activa y joven editorial Grano de Sal la reciente publicación del breve libro Cállense, los nuevos rostros de la censura, con apoyo de Artículo 19. Es una obra con una particularidad: Musacchio no necesitó escribirla de principio a fin; le bastó, con notable ingenio, recoger un gran racimo de artículos de opinión, algunos cartones y demostrar, como evidencia contundente, que en nuestro país existe la censura, aunque el gobierno de la Cuatroté se empeñe en negarlo.

La recopilación incluye 43 historias de periodistas y escritores, y los cartones de Calderón, Solís y Obi, que de manera inequívoca demuestran la afectación de la libertad de expresión que establece nuestra vilipendiada Constitución.

En el elenco encontramos personas tan disímbolas y diversas como Héctor De Mauleón y Ricardo Raphael, Gerardo Esquivel o Jesús Silva-Herzog Márquez, Denisse Dresser y Héctor Aguilar Camín, el inconfundible Rafael Pérez Gay (“Gil Gamés”) y Leo Zuckerman, Julio Hernández y Gabriela Warkentin, por sólo mencionar a unos cuantos.

No podía faltar en este libro la voz de Carlos Monsiváis, que desde el más allá dictó un epígrafe: “La censura es el miedo al cambio, en cualquier sociedad; y la lucha contra la censura, es cambio”.

En este breve libro se aborda el tema para realizar una defensa, concreta, específica, de una libertad básica sin la cual no se puede entender una sociedad que se precie de ser democrática.

De la simple lectura se desprende que hoy, en este momento, somos menos libres, y que el Estado cada vez recurre más a la amenaza, al enjuiciamiento, a la mordaza, al control sectario de los aparatos de comunicación del gobierno. Los fanáticos del oficialismo lo negarán mil veces, pero los hechos ahí están, y las valientes y talentosas voces que los muestran.

Este libro de Musacchio vale la pena leerlo para entender lo que nos pasa al día de hoy en este sensible tema.

Estamos a merced de un púlpito presidencial, ahora con apellido de “pueblo” que coloniza la opinión pública, y de gobernadores que se creen señores de horca y cuchillo en sus territorios para amenazar a los periodistas, y hasta para sancionarlos.

En esa línea sobresale la campechana Layda Sansores, que en esto aparece sin brizna de su churrigueresca figura. No hace ni un mes el gobernador de Yucatán, Joaquín Díaz Mena –antes panista, hoy flamante morenista– invitó a su informe de gobierno a diversos medios y reporteros a los que sometió a una condición para admitirlos en el recinto oficial: declarar qué tipo de celular usan (marca, tipo de cámara…) y en caso de negarse a proporcionar estos datos, se les confiscarían sus aparatos. ¡Bomba! También Clara Brugada, la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, ha llamado a un “pacto de silencio” a los medios para no publicar la nota roja ni el número de casos de sarampión en la capital.

Son los tiempos que vivimos; y vendrán, como dice el Apocalipsis, otros peores.

Por mi parte, el problema no me es ajeno. Lo he padecido desde hace años y hasta la actualidad. Empero, desde hace mucho tiempo la comprensión del fenómeno atentatorio de la libertad me llegó envuelto en estas palabras de Carlos Marx, que demuestra que los malos gobiernos requieren de esa lacra, porque “el gobierno, aquí, sólo escucha su propia voz, sabe que no oye más que lo que él mismo dice, se deja llevar del engaño de que está escuchando la voz del pueblo y exige también que el pueblo se deje engañar por este fraude”.

El filo de estas palabras cortaban en el mundo soviético, al igual que cortan ahora en nuestro país, que padece la disminución del derecho que creíamos ya conquistado.

Musacchio lo dice de otra manera: “Sancionar la discrepancia es suprimir la libertad”.