Contra los empleados públicos de base –burócratas les llaman– suele cometerse una injusticia múltiple: se les tilda de responsables de todo lo pernicioso de una administración o gobierno. Ni la clemencia, ni la ponderación de juicios les favorece y, suele suceder, se les carga toda suerte de maldades y malos hábitos. Son, además, preciado objeto del humor negro y hasta de la broma escatológica contenida en un poema de Renato Leduc donde se les señala como “culiatornillados”.

Claro que esto último es un dardo dirigido a los de arriba, a los jefes, gobernantes, secretarios, directores, en fin, los que tienen capacidad real de decisión. En esto pagan justos por pecadores, de eso no hay duda. El burócrata ordinario se convierte en una especie de pararrayos de la inconformidad, más cuando se trata de una tiranía, de un gobierno autoritario, déspota y corrupto.

Así se ven desde afuera, como si se les observara a través de una límpida vitrina de cristal. Pero eso al final no es lo más grave, es desde adentro donde las cosas van realmente mal para el burócrata ordinario. Lo saben con exactitud.

Burócrata: eres libre y por el hecho de serlo se te convierte en esclavo.

Tienes opiniones propias, pero las que valen no pueden ser distintas a las del jefe, menos expresarlas en público.

En conciencia optas por un partido político y se te presiona para que lo hagas por otro, sobre todo a la hora de votar.

Sábados, domingos y horas libres no te pertenecen en tiempo electoral.

Si eres hombre, tu jefe te ocupa además en sus propias actividades: mensajero, alcahuete, jardinero, chofer, y encargado de llevar y traer a los hijos del funcionario a la escuela, piñatas, parques de diversiones.

Y si mujer, te convierte en objeto del deseo y se te amenaza con perder el empleo si no prestas servicios íntimos o te muestras intolerante con el hostigamiento y los tocamientos corporales. “No pasa nada, m’ija”, te dicen.

Y por encima de todo se comete en tu contra la infamia mas ruin contra el fundamento de la democracia –la libertad política–: se te obliga compulsivamente a formar parte de un ejército electoral de leva, es decir, obligado, ya que no entregaste tu anuencia de manera voluntaria. Se niega de esta manera, utilizando la dignidad de tu persona, la existencia de ciudadanía.

Eres, de manera aberrante, la excusa de los jefes: “las cosas no están ni salen bien por culpa de ustedes, sólo ustedes”, y por eso se ordenan disminuciones de sueldo discriminatorias, aumento en las cargas de trabajo, salarios y prestaciones precarios y despidos masivos e innecesarios. No admitas ser tratado con tanta ruindad y miseria.

Aquí en Chihuahua tienes un gobernador y muchos alcaldes que han sido declarados por la ciudadanía como personas non gratas y se te obliga prácticamente a besarles la mano.

Esto no debe ni puede ser. Tú tienes una libertad, hazla valer: vota con libertad y si sufres estos agravios, cóbrales a tus jefes, los altos burócratas, y no votes por ellos ni por su partido y cuéntaselo a quien más confianza le tengas. El voto secreto sirve, y bastante bien, cuando se utiliza.

Recuerda que la Declaración Universal de los Derechos Humanos te otorga la prerrogativa de participar en el gobierno de tu país y a elegir libremente a tus representantes. Tú no eres propiedad del gobernador, el presidente municipal, magistrado, rector, diputado, líder sindical, el secretario o director. Eres libre, recuérdalo.