A Harper Lee, en el Centenario de su nacimiento
El pasado mes de abril marcó el Centenario del nacimiento de la notable escritora Harper Lee, recordada en el mundo entero, especialmente en Estados Unidos, por su novela Matar un ruiseñor, Premio Pulitzer 1961, año en el que la lucha por los derechos civiles en Norteamérica llegó a su máxima expresión.
Esa novela –cómo no recordarlo– fue llevada al cine al año siguiente de su publicación de mano del director Robert Mulligan, con la actuación magistral de Gregory Peck, como el abogado Atticus Finch que defendió una causa a contrapelo del sentir generalizado de una comunidad sureña de tradición esclavista y racista.
La obra, y la película que va de su mano, jugaron un papel destacado en la conquista de los derechos civiles, sin hacer mucha alharaca del compromiso de los escritores con las causas sociales, como se pregonaba en esos tiempos.
La novela se consagró. La vieja idea de que matar a un ruiseñor era pecado, se convirtió en un emblema para el título de la obra, y eso impactó en el ánimo y en la conciencia social norteamericana, además en las conciencias que elevan a la dignidad humana a lo más elevado.
Quienes somos abogados sabemos que durante la vida profesional un caso nos afectará personalmente para siempre. Sostengo que así es por más que se patrocinen muchas otras causas. Así lo advierte Harper Lee en su libro, y aunque entiendo que muchos no lo han leído, el personaje Atticus Finch quedó marcado por la defensa del hombre afroamericano, Tom Robinson, injustamente acusado de violar a una mujer blanca, Mayela Ewell. Y no era para menos.



No pretendo ahondar en múltiples aspectos de esta fascinante obra. Sólo quiero recordar, nada más, que un día uno de mis hijos, procreado por un matrimonio de abogados, me dijo que me habría comprendido más desde su juventud si hubiera leído Matar un ruiseñor en esa etapa de su vida. Y me dio la razón contenida en la novela, concretamente en estas palabras:
“Quiero decirles solamente que en este mundo hay hombres que nacen para evitarnos los trabajos desagradables. Su padre es uno de esos hombres”.
Sí que marca la vida.


