El exhorto de la UNAM por la necesaria cohesión nacional
Como un mecanismo privilegiado para mantenerse en el poder, Andrés Manuel López Obrador se empeñó en consolidar la polarización del país, como un mundo binario en el que él y su movimiento representaban el bien, y el resto, excluido, el ocaso y la degradación de nuestra república. No escatimó palabras ni adjetivos mezquinos para catalogar a sus adversarios, en una dirección que se desentendió de la necesaria cohesión nacional frente a un mundo turbulento que se anunció durante el primer periodo de Donald Trump y que hoy está a la vista de todos.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha persistido en esa polarización, que empieza a convertirse en uno de los escollos más prominentes y en un estorbo para conducir la política nacional, especialmente todo lo que concierne a la delicada circunstancia internacional, específicamente con lo que se anuncia tras la injerencia norteamericana en Venezuela.
Más allá de partidarismos y de las pugnas por el poder que tendremos en el futuro inmediato, ahora resulta más difícil cómo unir las piezas que se disgregaron, no para homogeneizarlas sino para ponerlas bajo el común denominador de los intereses de México como nación independiente en tiempos de gran quebranto de la soberanía nacional en todo el mundo.
Lo mismo tenemos los grandes desafíos que lanza Trump de apoderarse del continente, de Groenlandia, como esas mismas pretensiones soliviantan a otros países con tendencias imperiales como Rusia contra Europa, China contra Taiwán, e Israel en en Palestina y una gran zona del Oriente Medio.
En tiempos de hegemonías de este tipo, las soberanías se ven limitadas, socavadas. No es un tema nuevo. Recordemos que entre las dos guerras mundiales del siglo XX el nazismo lanzó el cuestionamiento más fuerte en contra del concepto de soberanía, apoyado en el supremacismo racial del pangermanismo. Donde había un alemán estaba Alemania. Igual que ahora, donde hay un interés norteamericano, visto unilateralmente, está Norteamérica. Ya no se trata del recuerdo de una doctrina Monroe, sino del más atroz intervencionismo del que tengamos memoria.
En México, volver a unir las piezas que se fragmentaron en los últimos siete años, será difícil si se persiste en el discurso atento solo a una política de adversarios que busca aniquilar al contrario. Somos un país diverso, pero que puede y debe tener puntos de convergencia ineludibles, despojándose de la pueril idea de la “unidad a toda costa” a partir de tratar de imponer únicamente el propio criterio.
Esa tarea se ve difícil de realizar a partir de los partidos políticos, que han demostrado, en conjunto, actuar de manera más que irresponsable.
En este contexto el pronunciamiento que hizo la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) el pasado 4 de enero, tiene una valía puntual y extraordinaria. Veamos, entre otros, algunos de sus puntos:
Que la situación en Venezuela debió canalizarse estrictamente a través de los mecanismos pacíficos y del multilateralismo, privilegiando el diálogo y la diplomacia por encima de la fuerza.
Que el derecho internacional debe restituirse como el único mecanismo para evitar que prevalezca la ley del más fuerte.
Cuando el país, con la ausencia de una política internacional innovadora, adecuada y correcta se adentró en incluir a México en una hegemonía que le perjudicó, se perdió el tiempo en el que se pudo haber creado una coalición de países que intercedieran ante Venezuela para corregir lo que se pudo haber autogestionado e impedir el intervencionismo norteamericano, o al menos despojarlo de sus pretextos.
Por un lado empezaron a derivar a la derecha países que se ostentaban como de izquierda, fortaleciéndose una internacional de facto pro Trump, a partir de gobiernos como el de Milei en Argentina. En ese tiempo López Obrador sólo atinaba a pleitos con España, con Perú y Ecuador, a la vez que en los hechos mostraba simpatías por los gobiernos de Díaz Canel, Ortega y Maduro. Una senda totalmente equivocada y utilitaria al discurso oficial.
Quizás ahora lo que no se logre desde el poder, desde el Estado, si es que continúa con una línea facciosa, se aliente desde otros espacios, como las universidades. La UNAM, por ejemplo, ha dado un paso en ese sentido, y las escuelas públicas superiores debieran seguirla. No es poca cosa que la UNAM exhorte “a las y los mexicanos a que por encima de las divergencias de perspectiva, respecto a los acontecimientos hemisféricos e internacionales, se mantenga la cohesión frente a la inestabilidad global y sus potenciales riesgos para nuestro país”.
Nunca es tarde.


