Productores y transportistas: la lógica de los movimientos
Nuestro país está entrando a una fase de grandes movimientos sociales. El reconocimiento de esta circunstancia impone que se les entienda, se asimilen sus porqués, en especial que lo entiendan quienes están al frente del poder político estatal y gubernamental. El simplismo en esto puede conducir a catástrofes y desencadenar la violencia y represión. Nada que no se sepa.
Enrique Laraña, maestro español de la Universidad Complutense, escribió un libro importantísimo sobre esto, y en él afirma:
“Para saber por qué las personas participan en movimientos sociales y se exponen a riesgos o afrontan costos considerables por ello, es necesario prestar atención a los procesos sociales a través de los cuales se definen las cuestiones que motivan su acción y en los que sintonizan con esas definiciones colectivas. Ello implica revisar los supuestos que han prevalecido hasta hace poco en este campo y elaborar otros nuevos”.
Frente al movimiento de los productores del campo por desacuerdos con la pretendida nueva Ley de Aguas Nacionales, y la violencia padecida por los trabajadores del transporte de carga, el gobierno de Claudia Sheinbaum, que lastimosamente se asume de izquierda, tiene la más ruin, deplorable y facciosa explicación. Esta es: en ese par de movimientos “hay tintes políticos” y se sustentan en el prianismo.
La descalificación total que pretende es que mientras el país va hacia el mejor de los mundos posibles, se atraviesan los de siempre a entorpecerlo todo. De ahí a la impaciencia y la represión hay un paso.
Aparte de la estrecha visión de la política de la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, lo que tenemos en presencia es el fracaso de la autollamada Cuatroté para entender lo que pasa hoy en México.
Para empezar, en el campo se vive desde hace mucho tiempo un profundo abandono; la economía rural se ha desatendido con grave perjuicio para el país entero. Se han firmado decretos como el T-MEC que no van acompañados de acuerdos con sentido social para proteger la gran variedad de productos agrícolas que se gestaron desde la Mesoamérica precolonial y que son básicos para la economía del país y sus campesinos y productores. Hoy, por ejemplo, los precios de los granos es inadmisible y por eso hay movimiento y rebeldía.
Los trabajadores del transporte sufren y padecen a diario la violencia e inseguridad en las redes carreteras del país y no hay Guardia Nacional que alcance porque llega poco y tarde casi a todo. Lo que a los transportistas les pasa también daña a las empresas a las que sirven y afectan las cadenas de suministro y logística que se imponen como regla en el mundo industrial. Ese es un hecho, pero no se puede imponer al transportista que pague –en ocasiones con su vida o enfermedades profesionales– la incuria de un gobierno que no cumple en garantizar la seguridad de los trabajadores.
Hay hartazgo además con un mundo de mentiras que nos dicen que estamos en jauja que todo va bien que, como se decía en la vieja propaganda del PRI, “vamos por buen camino”, que son los agitadores profesionales los que perturban el paraíso morenista.
El lenguaje del gobierno es mentiroso, pernicioso, porque exige lo imposible: que se renuncie a tener derechos; en otras palabras, que si eres opositor a las políticas del gobierno, si discrepas, te cargan de epitetos descalificatorios. Todos tenemos derecho a sustentar una identidad partidaria, o ninguna, pero a la hora de un movimiento social lo que hay que preguntarse es porqué los que participan en él están dispuestos a riesgos enormes y encontrar las causas para la solución.
No como ahora, que desde la Presidencia se descalifica todo lo que no va en direccion del discurso oficial.
La historia de esto es clara: el movimiento termina derrotando al gobierno inútil e ineficaz para dar soluciones construidas bilateralmente, o la represión.
A la postre, no hay gobierno que aguante, menos si está ciego, como ya se ve el de Sheinbaum.
Pónganse a revisar sus teorías, señores y señoras del gobierno.


