El cinismo de Corral
Haré una breve reflexión sobre el cinismo, no sobre aquella memorable escuela filosófica de Grecia que tiene en Antístenes su fundador y en Diógenes a su más famoso ícono.
No, no es es al miga de esta entrega. Es mucho más sencillo lo que abordaré ahora, más de lo que nos pasa en la política local, ruin por cierto, y por eso ya empieza a cansar a ciudadanos de todos los colores.
En el centro de este cinismo está Javier Corral Jurado, el que se creyó el Mozart del periodismo y la política opositora; el que recitaba con engolada voz –como todavía lo hace– a Manuel Gómez Morín; el que leyó y subrayó todos los gruesos tomos de la revista La Nación; el diputado y tres veces senador; el que cambió de chaqueta tirando a la basura la de color azul para ceñirse, como torero que estrena, el traje de luces de satín guinda.
El mismo que fue gobernador quinquenal que arrastró a sus colaboradores a estar hoy en el escarnio social, como le sucedió a Martín Solís en el Congreso del Estado, al examinarse la situación del campo y, en especial, la Ley de Aguas Nacionales que se trata de imponer en el país.
Mientras Javier Corral goza de los placeres del cargo senatorial, hace negocio con la cultura, los suyos –no todos, por cierto– sufren las consecuencias del desastre que dejó en Chihuahua. Él tiene su dieta asegurada, como desde hace treinta años, y luce en escenarios de la política nacional; preside una comisión en el Senado, inmerecida por su historia concreta, mientras sus colaboradores la pagan caro, muy caro.
Su secretario de Hacienda está prófugo de la justicia por actos que le atan a su exjefe Corral, negociaciones cercanas a la banca de la usura que sólo el gobernador decide. Arturo Fuentes Vélez perdió la tierra y Corral ganó la enésima senaduría.
Corral con un telefonazo a la titular de Gobernación de López Obrador, perdón, de Claudia Sheinbaum, evade ser detenido por motivos penales en la Ciudad de México y Martín Solís tiene que salir a empellones de una reunión de productores del campo, entre gritos de “¡traidor!”.
Vieja definición viene al caso: el privilegio es un beneficio para uno y una desventaja para los demás. Uno es clase política, el otro es parte del pueblo raso, el que puede ser vejado por haber servido a otro que es intocable.
Cierto que cada quien se labra su destino, pero eso no quita el trato diferenciado, por ser de un estatus superior, en este caso de una empleomanía sin par como la que caracteriza al orador demagogo Corral, al que se le secaba la voz al recitar el tango Cambalache (“…hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor…”). Todo esto se le escucho en voz de tenor que alcanza el Do de pecho. ¿Para qué?
Para evidenciar, aquí en Chihuahua, donde sí lo conocen, que el cinismo es cualidad de la política, y en este caso del que se habla en este texto.
Sólo existe “el político” y sus desmedidas ambiciones, y que los compañeros y amigos se ocupen las congregaciones piadosas de los buenos católicos que han acompañado todo este ruin momento de Chihuahua.
El cínico desdeña el pudor. Corral es el ejemplo.


