Chesterton entre nosotros
Es lamentable recordarlo: Gilbert Keith Chesterton ha tenido pocos lectores en México, a pesar de su importancia reconocida en el mundo por su brillo como escritor, filosofo y periodista.
Británico de origen, influyó con su estilo en muchas partes, incluido nuestro país. De él se ocupó Alfonso Reyes, pero más importante, aquí Chesterton cosechó la pluma y el estilo de uno de sus devotos: se trata del historiador Daniel Cosío Villegas, constructor de grandes instituciones culturales y crítico notable del régimen priista. Para el mexicano, era su preferido y lo honraba por su independencia de los poderes establecidos.
Pero regreso al punto central de este tema. El Fondo de Cultura Económica publicó el pasado mes de agosto el breviario número 1008 con una antologia de los ensayos escogidos de Chesterton bajo el sugerente título de La utilidad de leer. Acompañan a la edición dos espléndidos textos: el de Iñigo García Ureta, quien prologa; y el de Jorge F. Hernández, con un posfacio que titula Leído lo anterior.
El manojo de ensayos –mínima parte de su obra magna– nos acerca al imperativo de leer, que ahora muchos quieren poner en entredicho. No saben lo que dicen y además se pierden de la historia de las ideas, así sea al costo de tener que reconocer con el autor que “todas las nuevas ideas se encuentran en los viejos libros”, y para destruirlas hay que leerlos.
El volumen contiene 18 ensayos que abordan diversos temas, algunos de los cuales ya apunté, sobre la lectura y otros –no los enumero–, para qué sirven los libros, la risa, los novelistas de barriada, sobre los falaces historiadores, hasta las bibliotecas de los niños, así con ese género como se escribía en tiempos pasados.
Me llamó la atención un ensayo que se incluye sobre la “prensa amarilla”, que le amolda bien a algunas empresas de informacion en México; en particular el énfasis que pone a esta idea:
“Todos se rinden, presas de la ilusión de hallarse ante un tono general que en sí mismo no es sino puro sometimiento. Y sobre toda esta unidad desalmada y petulante recae una nueva prensa, cansina y plagada de lugares comunes, incapaz de la menor invención, incapaz de la menor audacia, apenas capaz de mostrar un servilismo tanto o más despreciable, porque ni siquiera se muestra servil para con los fuertes. Y todos los que comienzan por adorar la fuerza y la conquista terminarán así”.
Ojalá este breviario recién salido de las prensas genere un gran interés por este escritor, de obra abundante, que nos adentre en el personaje del Padre Brown, defensor de la ortodoxia cristiana por añadidura y que yo tomé alguna vez en cuenta para criticar al librero postizo –ahora con actividad de exgobernador– Patricio Martínez García, cuando leí El club de los negocios raros. Inmobiliarios, pues.
Bien por el FCE.


