duarte-secretarios2-20feb2015

Aunque ya pasaron los tiempos en los que una visita presidencial o de un alto funcionario de la federación se convertía en un gran acontecimiento, de raíz inocultablemente provinciana, la reciente estancia del secretario de Hacienda y Crédito Público de Peña Nieto, se puede catalogar restándole una palabra a la legendaria frase de Julio César. Sí: vino, vió y para hacer la tercia, podríamos agregar, se fue. Se fue sin que a ciencia cierta los chihuahuenses sepamos los motivos reales que lo trajeron a la atormentada frontera juarense. De aquella solicitud de crear una zona franca, ni media palabra; de la traición peñanietista en materia fiscal, tampoco. Habló de la deuda contraída por César Duarte y dijo eso: se trata de una deuda, no de otra cosa como aquí se ha dicho, aunque colgado el cacique de las certificaciones que adquirió y pagó suficientemente, quiera presentar como aval de su desgobierno el viaje y los discursos del secretario.

Lo más grave: los asuntos de Chihuahua los vino a tratar en el círculo cerrado de las élites económicas. Para estos sí hay reuniones privadas, audiencia, probablemente algo de discusión y promesas de negocios. Pero los que sufren los aumentos a la carga fiscal, al precio de las gasolinas, a las carencias en un sin fin de servicios públicos que no llegan para lo que debiera ser una gran ciudad, para estos no hay nada, y lejos de convertirse la visita en un acontecimiento relevante, queda reducido a dos cosas: el empleo cosmético del peñanietismo en crisis de que se vale César Duarte para sentir un espaldarazo y retransmitirlo más adelante, que de eso se encargan sus persuasores a sueldo, y las negociaciones tras bambalinas con los escasos dueños de una economía absolutamente dependiente de la industria maquiladora de exportación. Los trascendidos van desde la nota que habla de un adusto secretario de cara a un gobernador pródigo en lambisconerías, hasta el rumor de que los ingresos de los puentes de paga en algo finalmente puedan beneficiar a la frontera, donde se da uno de los cruces migratorios más grandes del planeta. No está de más recordar que quien puso históricamente el acento en ese tema fue Francisco Villarreal, el alcalde demócrata ligado a la transición adelantada que vivió Chihuahua en la década de los 80.

Recuerdo ahora que Enrique Peña Nieto, quizá evocando las intendencias que el centralismo santanista diseñó para la naciente república durante la primera mitad del siglo XIX, seccionó al país en regiones y les nombró a una especie de padrino territorial. A nosotros, los chihuahuenses, nos puso bajo la tutela –inútil, por cierto– de Pedro Joaquín Coldwell. Así creyó el presidente de la república que resolvería un andamiaje para un trato diferente con las entidades. Nada más lejano de la realidad. De una parte porque los gobernadores se conciben a sí mismos como virreyes y señores de horca y cuchillo en sus demarcaciones territoriales, y además quedaron muy mal acostumbrados con ese adefesio contraconstitucional que se conoce, en las postrimerías de su vida, como CONAGO, y de otra, la convicción de que si no es el presidente el que hace la visita, lo demás queda reducido a simple cosmetología y parafernalia. Quiero decir que no se tiene plena conciencia de que los problemas del federalismo mexicano están en otro sitio y no son, precisamente, ni el presidente centralista ni los gobernadores sumisos, los que lograrán resolverlos en el ámbito precisamente del nuevo federalismo que requiere el país, porque –y veamos las fotos– el gobernador se comporta como el obsequioso guía de turistas, para sacar el magro resultado de presumir sus buenos contactos con la Presidencia y hasta hace circular la especie de que pronto se convertirá en secretario de estado.

Pero conviene irnos un poco más atrás. Antes de Videgaray vino por acá el secretario Jorge Carlos Ramírez Marín, residuo de la antigua Secretaría de la Reforma Agraria, aprovechando esta estancia para dar escenario a un gobernador pendenciero y camorrista que retó, desde mi querido pueblo, a quienes encabezamos Unión Ciudadana. Piensa Duarte que con estos apadrinamientos hunde sus cimientos en la sociedad chihuahuense y afianza su credibilidad, irrecuperable a estas alturas del conflicto que se abate en su contra. Hay desesperación y nerviosismo en el grupo duartista, creen que un simple gesto del presidente o de sus secretarios los salvará de la crisis. No se da cuenta que su infierno está aquí y que él puede presumir allá, o con los de allá, que tiene control político, pero un día después de que lo dejan en la soledad, se las tiene que ver sin el padrinazgo del que se cree tocado para continuar en el sitio de poder que jamás debió haber ocupado.

La crisis existente en Chihuahua por la corrupción de la que no se tenía memoria en la entidad, encontrará un capítulo muy importante con la concentración ciudadana del próximo sábado 28 de febrero. Marcará un antes y un después y eso mantiene nervioso al equipo duartista y a su jefe, a grado tal que ha trascendido que en el palacio está instalado un equipo de psicólogos que los auxilian para quitarles el estrés de encima. Y es correcta la medida, pues el estrés suele provocar infartos, que las renuncias políticas, sin ser parte de la medicina, pueden evitar.

Insisto, vinieron los secretarios, vieron, pero ni vencieron ni convencieron. A nadie.